Se cumplen 250 años de la primera publicación de la obra de Adam Smith “Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones”. Se dice que es el economista más conocido de la historia, puesto que Marx, considerado por muchos como un economista, era más bien un ideólogo, quizás un cientista político en la configuración disciplinaria actual, centrado en el tema del poder y quien poco habló explícitamente sobre eficiencia en el uso de los recursos, un tema central para un economista. Por supuesto los escritos de Marx ejercieron amplia influencia social, y sus seguidores intentaron aplicar sus propuestas en distintos países y épocas. Smith tuvo menos influencia en el ámbito político directamente, pero sí ejerció una influencia decisiva en el campo económico, especialmente en el marco teórico de los mercados y rol del Estado. El desarrollo de la teoría económica a lo largo de los siglos XIX y XX ha sido un continuo que han tomado como base las observaciones e intuiciones de Adam Smith contenidas en su obra más destacada.
Smith estaba preocupado por los incentivos individuales y acerca de cómo la prosecución de aquellos era capaz de lleva a un “equilibrio” en el conjunto social; por eso es central en su obra el tema de la propiedad y rol del Estado, dejando de lado la visión “egoísta” que muchos han resaltado fluye de su obra. Por cierto, enfocaba con énfasis el tema de las decisiones que eran capaces de producir acuerdo y máxima satisfacción social. Smith, un profesor de filosofía en la Universidad de Glasgow, fue en realidad un observador de la realidad productiva y de la conducta de las personas en materia de incentivos para brindar satisfacción a sus necesidades. Fue el quién postuló, de manera quizás impensada para la época, que el productor no realizaba su labor por un mero acto de generosidad: “No es por la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero que esperamos nuestra cena, sino por su propio interés”. Dio así paso a una cuestión central en economía: los objetivos individuales, las más de las veces contradictorios, llevan a soluciones agregadas que podemos llamar un “equilibrio social”. El consumidor, por su parte, busca satisfacer una necesidad (¿cenar?) tratando de optimizar sus recursos (¿el dinero para pagar por su consumo?) Quizás sorprendentemente para la época, la afirmación de Smith lleva a lo que hoy llamaríamos un “acuerdo” o “equilibrio de mercado”. Naturalmente esto no puede haber sido una idea o verificación original de Adam Smith, puesto que muchos otros observadores deben haber obtenido similar conclusión. El genio de Smith fue el poner esto como una conclusión que, en el ánimo del filósofo que era, abría puertas a muchas otras consideraciones que han tenido lugar a lo largo de dos siglos y medio.
Sin embargo, a lo largo del tiempo, se ha acusado a Smith de ser una especie de “auspiciador” del egoísmo como base fundamental de las decisiones económicas. Y esto es cierto, en el sentido que los agentes económicos tratan de satisfacer sus propios objetivos, pero en ese propósito se ven forzados a contraer acuerdos que reflejan voluntad de lograr el cumplimiento de sus objetivos propios. Y en este contexto, Smith auspiciaba la mano “visible” del Estado, porque se daba cuenta de que muchas veces los mercados, entendidos como la confrontación de intereses diversos, no podían dar paso a soluciones justas y eficientes.
Un aniversario significativo y trascendente el de la obra de Smith, sobre todo porque ha hecho madurar permanentemente a la economía y a los economistas, llevando a desarrollar una teoría no exenta de debate, pero siempre enriquecida por sucesivas generaciones de académicos de excelencia.
Prof. Luis A. Riveros
Universidad Central