El circo ha muerto...

|

Luis Riveros

Se ha puesto de manifiesto la profunda crisis que vive la política partidista en Chile. La ciudadanía ha expresado un claro rechazo a todos los bloques y partidos, denotando de este modo su cansancio con las fórmulas tradicionales y el más bien lamentable desempeño de los representantes de todos los partidos y sus alianzas en el gobierno y el parlamento. La derecha, que no ha sabido definir con claridad sus nexos con la actual administración de gobierno y que está pagando un alto precio por su eventual “auspicio”, obtuvo un rotundo castigo electoral. La ex Concertación, y sus partidos más emblemáticos como son la DC, el PS y el PPD, obtuvieron también un escaso nivel de apoyo, equivalente a poco más de 12% de los votos emitidos. Si a eso se suma el porcentaje de votos que obtuvo el P. Comunista, se llega a que la Nueva Mayoría habría obtenido un porcentaje cercano al 17% de las preferencias. O sea, todo el mundo político más tradicional no ha alcanzado a más de un 45% de los votos. Los resultados favorecieron mayormente a los movimientos asistémicos, a quienes promovieron la protesta social, o bien a aquellos otros que en el pasado declararon que llegaban a cambiar la política. Incluso estos últimos no estuvieron tampoco exentos de severos daños producto de este vendaval que azotó a la política chilena, como es el caso del P. Humanista y el PRO que de manera conjunta no lograron más allá de un 1.0 %.

Esto pone en una situación muy inquietante a la democracia chilena, especialmente porque casi un 60% de la ciudadanía simplemente no se pronunció. Esto en gran medida por la aún pendiente y grave amenaza de la pandemia, pero más que nada porque no le resultó interesante o relevante la oferta política de que se disponía ni se le aclaró todo lo que estaba en juego. Es un síntoma del agotamiento de un modo de hacer política y que ha hecho crisis visiblemente, como se puso de manifiesto en elecciones municipales, de Gobernadores y de la Convención Constituyente. Han dominado aquí los grupos asistémicos, variados movimientos anarquistas y en medida importante grupos de manifestantes de las pasadas protestas, organizados ya como movimientos con cierta estructura. La abstención, el nuevo panorama político y la débil oferta partidaria tradicional, nos pone en un mundo en que nuevos actores desafían al sistema y toman en sus manos, ni más ni menos, que la elaboración de un proyecto Constitucional para Chile.

Ya se han escuchado declaraciones por parte de este nuevo mundo político que ha legado el decaimiento de la política tradicional y su ausente renovación. Se escuchan sonoros los llamados a cambiar todo, incluyendo las normas vigentes en todo campo, especialmente en lo que concierne a la propiedad privada. Mucho más allá de su tarea esencial, cual es la elaboración del nuevo texto constitucional que se propondrá al país, actores de esa Convención advierten que tratarán de cambiar toda la vigente estructura institucional de la república, centrando su mira en el sistema judicial y el Banco Central. Aseveran también que no dialogarán, que los ganadores excluirán a los perdedores sin posibilidad de negociar, y que sólo lo harán con ciertos sectores si acaso se liberan a los detenidos por las manifestaciones ocurridas desde fines de 2019. Es evidente que la tarea de la Convención se verá muy dificultada por estas agendas allende su mandato y por esta negación al diálogo indispensable en cualquier democracia; incluso se ha negado la legitimidad de las reglas acordadas para el funcionamiento de la Convención, las que se pretenden cambiar en virtud del mandado popular y la representatividad del mismo que se autoconfieren. Todo esto, como consecuencia, se ha convertido en una fuente de alta incertidumbre, que se respira en el hacer diario y que no le hace bien al país puesto que amenaza las bases mismas de su funcionamiento en lo político y lo económico.

¿Cómo ha respondido el mundo político tradicional a este reto que se ha levantado producto de sus debilidades y falencias? En realidad su respuesta ha sido un “más de lo mismo”. No ha existido una reflexión en orden a renovar el modo de hacer política y plantear al país una propuesta, una salida a la crisis en que estamos inmersos. Ni siquiera se ha promovido un dialogo que pretenda interpretar lo que ha sucedido y los riesgos que ello conlleva. Por el contrario, la respuesta ha sido hacer oídos sordos al clamor manifestado en las pasadas elecciones, y limitarse a negociar rostros y candidaturas futuras, sin tener un cambio de contenido en la oferta programática y de reconocer los errores cometidos. Se quiere enfrentar la crítica situación en que se encuentra nuestra democracia con el mismo desfile de rostros y slogans que han caracterizado a la política y que les ha llevado al desastre sufrido por lo mismo. El mensaje que así se provee a la ciudadanía es claro: permanezca en su casa, no vaya a votar porque no vale la pena hacerlo ante lo mismo que hemos venido sufriendo por años.

Ya ni siquiera es el circo en llamas que nadie advirtió para detener el desastre, ni tampoco el circo en cenizas que serviría para meditar las bases de su refundación. Es que el circo ha muerto, de la puñalada artera que le han proporcionado sus protagonistas más connotados.


Prof. Luis A. Riveros