​¿Qué tan cerca estamos del “digital currency”?

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Alfredo Barriga


Por lo que dice un reciente artículo de The Economist (Get ready for Fedcoin and the e-euro), mucho más de lo que uno se imaginaría. Escasamente cinco años atrás, la sola idea de un bitcoin emitido por un Banco Central era impensable. Y, sin embargo, The Economist apunta que “la disrupción menos percibida en la frontera entre tecnología y finanzas puede terminar como la más revolucionaria: la creación de monedas digitales gubernamentales, que generalmente tienen como objetivo permitir que las personas depositen fondos directamente en un Banco Central, sin pasar por los prestamistas convencionales.”

¿Qué pasaría si se convierte en un hecho? Hay luces y sombras. Estos "govcoins" son una nueva encarnación del dinero. Prometen hacer que las finanzas funcionen mejor, pero también trasladar el poder de los individuos al Estado, alterar la geopolítica y cambiar la forma en que se asigna el capital.

¿Por qué querrían los bancos centrales crear sus propias monedas digitales? Porque están perdiendo el control de la emisión de moneda. Junto a PayPal, plataformas como AntGroup (Ali Babá), Grab y MercadoPago ya cuentan con 3 mil millones de usuarios. La generación de criptomonedas por parte de los bancos centrales cambiaría la naturaleza del rol tradicional que éstos tienen en la economía, desde prestamista de última instancia, hacia el rol que ocupa la banca privada. En vez de abrir una cuenta en un banco privado, las personas podrían hacerlo directamente en el banco central, con el respaldo del Estado detrás.

Ya hay 50 países - que representan la mayor parte del PGB mundial - que están avanzando en esa dirección. Las Bahamas ya cuenta con su propia criptomoneda emitida por su banco central. China tiene en marcha un piloto con 500.000 habitantes para su e-Yuan. Europa quiere contar con su e—euro para 2025, y Estados Unidos está trabajando sobre un hipotético e-dólar.

Los beneficios para los bancos centrales son múltiples. El sistema actual implica un costo anual de US$350 por persona al año a nivel mundial, que se ahorraría en gran medida. Se bancarizarían 1.700 millones de habitantes en todo el mundo que hoy no tienen acceso a esos servicios. Se podrían pagar subsidios directamente, a la vena y de forma inmediata, sin tener que pasar por la costosa maquinaria del Estado.

Pero también hay un lado oscuro a este nuevo paradigma. Todo el dinero que se fuera a la criptomoneda central serían fondos que se retraerían del sistema de crédito. Al traspasarse esos fondos prestables hacia el Estado, si fuesen manejados con criterios políticos en vez de económicos (si el banco central no fuese un organismo autónomo, por ejemplo) se podría prestar para arbitrariedades que afectarían seriamente la economía. Peor aún, si esa fuese la única moneda de cambio, el Estado podría ejercer un poder excesivo sobre los ciudadanos, con “castigos” en efectivo si éstos no hacen lo que se les dice. Con ello se reduciría la libertad de elegir.

Con sus luces y sombras, las criptomonedas gubernamentales son una disrupción a la que le llegó su momento. Los países deberán definir cómo usarlas en beneficio de la economía sin detrimento de las libertades propias de la democracia, lo cual supone poner límites a su uso. El próximo debate sobre la autonomía constitucional del Banco Central debería tener muy en cuenta este hecho.


Alfredo Barriga

Profesor UDP

Autor “Cómo la nueva Revolución Digital afectará mi vida”, publicado en Amazon.com