Alfredo Barriga



Alfredo Barriga

Durante siglos enseñamos a escribir como una habilidad esencial. Aprender a organizar ideas, construir argumentos y encontrar las palabras adecuadas era una de las principales ventajas competitivas de un profesional. La inteligencia artificial acaba de cambiar esa premisa.

En 2010 tuve la oportunidad de conocer en Chile al educador británico Sir Ken Robinson. En una de sus conferencias pronunció una frase que quedó grabada en mi memoria: "Los niños que hoy entran a Pre-Kínder, cuando salgan de la universidad postularán a trabajos que hoy no existen, utilizando tecnologías que aún no se han inventado, para resolver problemas que no sabemos cuáles serán."

La inteligencia artificial se ha convertido en la infraestructura crítica del siglo XXI. Pero, como advierte The Economist, el mundo está entrando a esta nueva era con una vulnerabilidad estructural: la dependencia casi total de Estados Unidos y China para acceder a chips avanzados, nubes de hiperescala, modelos fundacionales y capacidades de entrenamiento. La pregunta ya no es solo cómo hacer segura la IA, sino cómo asegurar que esa seguridad no dependa exclusivamente de dos potencias con intereses estratégicos propios.

Durante mucho tiempo, la conversación sobre inteligencia artificial se concentró en su capacidad: cuánto sabe, qué tan rápido responde o qué tareas puede automatizar. Sin embargo, un reciente análisis de The Economist plantea una pregunta mucho más profunda: ¿qué valores contienen los modelos de IA que están comenzando a influir en nuestras decisiones, empresas e instituciones? 

Ahora enfrentamos una tecnología distinta. Por primera vez no estamos construyendo una herramienta destinada a ampliar nuestra fuerza física, sino una capaz de competir con nuestra inteligencia.

Durante años, la conversación sobre inteligencia artificial estuvo dominada por ingenieros, matemáticos y científicos de datos. Parecía lógico: si la revolución era técnica, sus protagonistas debían ser técnicos. Pero algo está cambiando en los grandes laboratorios de IA. Cada vez más, empresas como las que lideran esta carrera están incorporando filósofos a sus equipos. No como adorno intelectual ni como gesto cosmético de “ética corporativa”, sino como parte del núcleo de un problema que dejó de ser exclusivamente computacional.

En los últimos meses ha surgido un pequeño grupo de economistas que está replanteando la disciplina desde la inteligencia artificial. The Economist los bautizó como los “AIpilled economists”: investigadores que usan modelos generativos para simular escenarios macroeconómicos, explorar nuevas funciones de producción o anticipar shocks con una granularidad inédita. Son pocos, pero están abriendo una puerta que el resto de la profesión observa con cautela. La pregunta es evidente: ¿por qué la IAeconomics no es aún mainstream?


Durante años, los radiólogos fueron presentados como una de las profesiones más amenazadas por la inteligencia artificial (IA). El razonamiento parecía irrefutable: si una máquina puede analizar imágenes médicas con precisión creciente, la demanda por especialistas humanos debería disminuir.

En la mayoría de las empresas, la conversación sobre inteligencia artificial sigue atrapada entre el entusiasmo tecnológico y el temor a la disrupción laboral. Pero, como advierte The Economist en un artículo publicado el 28 de mayo, este no es un problema de comunicación interna: es un riesgo estratégico. La forma en que los líderes hablan de la IA determina si sus equipos la adoptan, la resisten o simplemente la temen.

Acaba de salir la primera encíclica del Papa León XIV. ¡Y es sobre la IA! Como saben, escribí un libro sobre IA el año pasado (Presente Acelerado: la Sociedad de la Inteligencia Artificial y el Urgente Rediseño de lo Humano, publicado en Amazon.com). También supongo que a estas alturas quienes me leen habrán comprendido que soy y practico el catolicismo. Esta Encíclica por lo tanto es del mayor interés para lo que publico en estas hojas, y quiero compartirlo con los lectores.