Un niño o niña que entra hoy a prekínder es probable que termine su educación escolar cerca de 2040. Podemos calcular con bastante precisión el año de su graduación, lo que es mucho más difícil es anticipar el mundo que encontrará entonces.
No sabemos qué profesiones existirán, cuánto durarán, qué tareas serán absorbidas por la tecnología ni cuáles aparecerán como consecuencia de ella. Tampoco sabemos cuántas veces ese niño tendrá que volver a aprender a lo largo de su vida profesional, en un mercado laboral donde los conocimientos y habilidades que hoy parecen suficientes pueden dejar de serlo en pocos años. Es probable que trabaje con herramientas que todavía no han sido inventadas, que deba adquirir conocimientos que hoy no forman parte de ningún currículo y que enfrente decisiones para las cuales no habrá una trayectoria conocida que simplemente pueda seguir.
Ese último punto me parece especialmente importante. La incertidumbre no significa solamente que sabemos menos sobre el futuro. Significa que quienes lleguen a él tendrán que decidir más.
Tendrán que distinguir qué vale la pena aprender cuando el conocimiento esté disponible de manera casi ilimitada. Tendrán que decidir cuándo confiar en una respuesta y cuándo cuestionarla; cuándo profundizar en una especialidad y cuándo adquirir una nueva; cuándo perseverar y cuándo cambiar de dirección. Probablemente tendrán más alternativas que cualquier generación anterior y, al mismo tiempo, menos certezas sobre cuáles conducen al resultado esperado.
En ese escenario, tanto en la educación como posteriormente en el mundo laboral, tener más opciones no necesariamente nos hace más libres. Para que esa libertad tenga valor, necesitamos aprender a elegir.
Por eso hay una capacidad que merece un lugar importante cuando pensamos en la educación de ese niño o niña: aprender a elegir.
Elegir bien es un ejercicio intelectualmente exigente. Supone comprender el problema antes de resolverlo, buscar información, comparar alternativas, reconocer los propios intereses, anticipar las consecuencias y aceptar que rara vez contamos con todos los antecedentes que quisiéramos. También implica algo particularmente difícil: hacernos responsables de una decisión aun cuando después descubramos que no fue la mejor. Nada de eso surge espontáneamente al terminar el colegio.
La OCDE plantea que uno de los desafíos de la educación es formar estudiantes capaces de asumir un rol activo en su propio aprendizaje: plantearse objetivos, tomar decisiones, actuar y evaluar los resultados de dichas decisiones. Su Learning Compass 2030 utiliza precisamente la imagen de una brújula. Frente a un futuro que no podemos anticipar por completo, la educación quizás no pueda ofrecer un mapa con un camino definido, pero sí puede entregar las herramientas necesarias para que cada estudiante aprenda a orientarse y decidir cómo avanzar.
En educación, esa capacidad se construye progresivamente. En nuestra experiencia, puede comenzar con decisiones pequeñas —qué libro escoger, qué pregunta explorar, cómo abordar un problema— y avanzar hacia otras de mayor complejidad: qué investigar, dónde profundizar o qué recorrido académico seguir. El conocimiento y el profesor no pierden importancia; son precisamente los que permiten que esas decisiones sean cada vez más informadas y exigentes.
Ese es el punto de fondo. El estudiante que se gradúe en 2040 tendrá que aprender herramientas, procesos o conceptos nuevos en muchas y distintas oportunidades sin que haya un profesor que le diga cuál es el siguiente paso. Tendrá que reconocer qué necesita saber, buscarlo, evaluar alternativas y decidir cómo avanzar. Por eso aprender a elegir no es una consecuencia menor de la autonomía: es una manera de prepararse para la incertidumbre.
El niño o niña que hoy entra a prekínder llegará a 2040 con preguntas que todavía no existen, tecnologías que aún no conocemos y decisiones que nosotros nunca tuvimos que tomar. No podemos entregarles anticipadamente las respuestas, pero sí podemos ayudarlos a construir una brújula.
Carolina Lazcano, directora del Plan Nacional del Colegio Internacional Nido de Águilas