​Posdoctorados: cuando la ciencia también debe generar valor para Chile

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El debate generado por los cambios en las becas de posdoctorado en Chile merece, a mi juicio, una mirada menos defensiva y más estratégica. Un posdoctorado no es una beca destinada a estudiar un nuevo grado académico: es un instrumento de financiamiento de investigación dirigido a personas que ya poseen el grado de doctor, que permite financiar durante un período acotado su dedicación a desarrollar un proyecto científico.


Precisamente por ello, discutir hacia dónde queremos orientar estos recursos no sólo es legítimo, sino necesario. En un país con recursos limitados para ciencia y tecnología, como Chile, debemos preguntarnos qué conocimiento necesitamos producir y cómo lograr que una mayor proporción se transforme en soluciones, innovación, productividad y nuevas oportunidades para la sociedad.


Desde esta perspectiva, resulta positivo que los nuevos criterios incorporen con mayor fuerza investigaciones vinculadas con necesidades y desafíos del país. Esto no significa desmerecer la ciencia básica ni, mucho menos, las ciencias sociales, cuyo aporte es indispensable para comprender fenómenos económicos, sociales, culturales y políticos. Significa reconocer que necesitamos avanzar desde la generación de conocimiento hacia su utilización. La experiencia internacional resulta ilustrativa. El MIT, obtuvo 343 patentes estadounidenses en 2023 y ha construido una institucionalidad que conecta investigación, propiedad intelectual, empresas y emprendimiento.


Hoy registra 623 nuevas solicitudes de patentes, 282 patentes concedidas y US$60,9 millones en ingresos por licenciamiento. Harvard ofrece una experiencia similar: su Wyss Institute declara más de 1.750 patentes concedidas, 155 acuerdos de licencia y 71 startups creadas desde su fundación. El punto no es imitar a Harvard o MIT, sino comprender que las grandes universidades no solo producen papers; también desarrollan mecanismos para transformar conocimiento en propiedad intelectual, empresas, contratos, productos y recursos que permiten financiar nueva investigación.


Por eso, orientar parte de los posdoctorados hacia problemas estratégicos de Chile puede ser una oportunidad particularmente relevante. Una política de este tipo debería incentivar que las universidades no solo compitan por fondos públicos, sino que desarrollen capacidades para relacionarse con empresas, proteger resultados de investigación, generar licencias, crear spin-offs y resolver problemas productivos concretos. Esto puede generar un círculo virtuoso: el Estado financia investigación, la universidad genera conocimiento, las empresas lo transforman en soluciones y parte del valor creado retorna al ecosistema científico mediante nuevas inversiones.


No se trata de exigir que toda investigación sea rentable; sino de aumentar la probabilidad de que una parte importante de la inversión científica produzca impacto real, económico y social. Chile necesita ciencia libre, rigurosa y de excelencia, pero también una ciencia capaz de generar valor. En un país que aún enfrenta restricciones de recursos, desaprovechar esa posibilidad sería un lujo que no podemos permitirnos.


Pablo Müller Ferrés

Director Magíster en Desarrollo Económico, Social y Políticas Públicas

Universidad Autónoma de Chile

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