​ESTRATEGIA EN EL DEBATE UNIVERSITARIO

Formar para lo que todavía no conocemos

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Nassib Segovia Luis Riveros

Quien en la actualidad inicia hoy una carrera, seguirá probablemente trabajando durante los próximos 40 o 50 años en un escenario profesional difícil de anticipar: En efecto, durante ese tiempo cambiarán tecnologías, ocupaciones y formas de resolver problemas; algunas capacidades seguirán siendo relevantes y otras, que aún no conocemos, pasarán a formar parte de un transformado ejercicio profesional. La pregunta para la educación superior no es entonces cómo anticipar todo aquello que una persona necesitará saber, sino cómo formarla hoy para que pueda seguir aprendiendo mucho después de haberse titulado.


Se puede pensar que, frente a cambios cada vez más rápidos, las carreras perderán importancia y serán reemplazadas por cursos o credenciales más breves. Sin embargo, podría ocurrir precisamente lo contrario: cuanto menos sepamos sobre lo que un profesional necesitará aprender dentro de 20 o 30 años, más importante resultará contar con una formación inicial sólida que permita comprender una disciplina, desarrollar criterios y construir nuevos aprendizajes sobre fundamentos capaces de sostener los cambios posteriores. Lo crucial aquí es el diseño de la enseñanza, que debe dejar espacio para una permanente actualización.


Las tendencias recientes sobre desarrollo de habilidades apuntan en esa dirección. Junto con aprendizajes asociados con automatización, análisis de datos y nuevas herramientas digitales, mantienen su relevancia conocimientos establecidos y capacidades como pensamiento crítico, resolución de problemas y gestión del cambio. La transformación del trabajo no parece avanzar mediante una sustitución de habilidades anteriores por otras nuevas, sino mediante una recombinación en la que algunos conocimientos permanecen, otros se actualizan y nuevas capacidades se incorporan sobre aquello que las personas ya saben. Un contador auditor, un ingeniero o un profesional de la salud podrán continuar ejerciendo la misma profesión pero con herramientas diferentes, enfrentando nuevos problemas y tomando decisiones que exigirán otra combinación de capacidades, porque el cambio no siempre obligará a abandonarla, sino que muchas veces transformará la manera de ejercerla.


Por eso adquieren sentido los conceptos de upskilling, asociado con actualizar capacidades dentro de un mismo ámbito y reskilling, cuando se requieren nuevos conocimientos para asumir funciones diferentes o reconvertirse profesionalmente. Ambos se inscriben en una perspectiva de lifelong learning o aprendizaje a lo largo de la vida, en la que formación y trabajo se complementan durante décadas.


Esto constituye un desafío para la educación superior, porque actualizar los planes de estudio no puede significar perseguir cada nueva herramienta que aparece y, aunque incorporar tecnologías será necesario cuando resulten relevantes, responder curricularmente a cada novedad puede debilitar aquello que permite enfrentar cambios que todavía desconocemos. Por eso, el desafío estará en equilibrar fundamentos disciplinares, capacidades profesionales y herramientas contemporáneas con la autonomía para aprender, evaluar información y resolver problemas nuevos. La formación inicial mantiene así un papel fundamental, porque una carrera debe preparar para ejercer una profesión al momento de titularse, pero también debe proporcionar bases sólidas para que ese aprendizaje pueda actualizarse y ampliarse cuando cambien las condiciones del ejercicio profesional. Formar para el presente seguirá siendo indispensable, pero hacerlo sin desarrollar capacidades para continuar aprendiendo puede resultar insuficiente para varias décadas de trayectoria.


El aprendizaje permanente tampoco puede descansar exclusivamente en la responsabilidad individual. Si esperamos que las personas actualicen sus capacidades varias veces durante su vida profesional, se precisará instituciones y empleadores capaces de generar oportunidades reales para hacerlo. El desafío no estará entonces en elegir entre carreras extensas o credenciales breves, sino en conseguir que distintas experiencias formativas puedan conectarse y acumularse a lo largo del tiempo. Esto modifica también la relación con quienes se titulan, porque la graduación podría dejar de representar un cierre definitivo de la principal etapa formativa, para convertirse en sólo el término de una primera etapa, después de la cual las personas regresarán para profundizar conocimientos o incorporar nuevas capacidades.


En nuestra columna anterior planteábamos que continuar estudiando no debería significar volver a empezar. Esta reflexión, por su parte, permite avanzar un paso más, porque reconocer lo aprendido será todavía más importante si las personas necesitan seguir construyendo sobre esa base. Quizás la pregunta no sea cuánto tiempo seguirá siendo válido un título, sino qué debería entregar para que una persona pueda seguir aprendiendo mucho después de haberlo recibido, ya que una carrera puede prepararnos para comenzar una profesión, pero quizás su mayor valor futuro también dependa de cuánto ella nos prepare para seguir aprendiendo después de haberla terminado.


Prof. Luis Riveros Cornejo, Profesor Emérito, Universidad de Chile.

Prof. Nassib Segovia Moreno, especialista en educación superior, académico UNIACC.

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