Perteneció a esa generación de políticos, por infortunio ya en extinción, que eran dueños de una visión de país, de un profundo amor por Chile y de una enraizada convicción democrática. Enrique Kraus fue desde muy temprano un político dispuesto a sacrificar cuestiones personales en pro de una aspiración o sentimiento nacional, de aquellas ambiciones enraizadas en la historia patria y no sólo de un partidismo con mirada electoralista estrecha. Desde sus tiempos de estudiante en la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile, según relatan algunos de sus contemporáneos, hizo de gala de capacidad para entablar el diálogo y a hacer frente a las circunstancias vigentes con el sentimiento de abrigar en sus visiones las ideas de muchos otros. Siempre dispuesto a dialogar, a encontrar las formas de construir acuerdos aceptables para las partes; dispuesto a entregar para obtener. Era un hombre tolerante, y al decir de otro gran demócrata como fue Enrique Silva Cimma, Krauss era una de las personas capaces de convocar a encuentros, sin renunciar a ideas, pero abriendo condiciones para avanzar. Su partida enluta a esa clase de políticos que eran capaces de construir en el diálogo, de abrir opciones de encuentro, de edificar proyectos con ambiciones comunes, por dispares que fueran los postulados iniciales.
Fue diputado en un período difícil como lo fueron para Chile los inicios de la década de 1970. Ya había ocupado cargos importantes como Subsecretario y Ministro bajo la presidencia de don Eduardo Frei Montalva. Tras el retorno a la democracia volvió a servir en una diputación por Santiago luego de ocupar el Ministerio del Interior bajo el gobierno de don Patricio Aylwin. Posteriormente, ya en los años 2000, se desempeñó como embajador en diversos países en Latinoamérica y Europa. Mostró vocación y talento como servidor público, y siempre dispuesto a escuchar. Su ejercicio en el primer gobierno de la Concertación, rodeado de las dificultades que representaba la transición política chilena, puso a prueba su lucidez democrática, su capacidad para dialogar, su disposición siempre a buscar acuerdos positivos para el destino del país.
Antes de eso, hay que considerarlo como uno de los articuladores importantes para construir el proyecto político más exitoso de nuestra historia patria como fue la Concertación de Partidos por la Democracia. No fue sólo una ambición, o un bonito titular para los documentos que respaldaron la iniciativa: la Concertación constituyó un programa, una línea de acción que permitió efectivamente poner en marcha acuerdos que dieron lugar a los mejores resultados nunca antes experimentados en Chile en materia de progreso social, logros económicos y avances en lo político. Con su visión, y la de muchos otros, se permitió que el diálogo y el entendimiento se pusieran al servicio de Chile y de la recuperación de su democracia. Se dejaron de lado las barreras partidistas, las ambiciones de mirada estrecha, y se puso en primer lugar a la patria y su futuro, y asimismo al logro de las mejores condiciones para avanzar en la construcción de una democracia estable, sostenible y verdadera.
Se ha ido en estos tristes días en que varios políticos sostienen que el diálogo no es aceptable, sino sólo la confrontación. Cuando creen que los acuerdos son solamente transacciones poco presentables porque ellos implican la renuncia a ciertos principios. Cuando las actitudes altisonantes se acompañan de ignorancia y cuando la conducción que se espera de un político se convierte más bien en la idea de unirse a una manada guiada por afanes tan livianos como ineptos. Krauss fue un conductor de ideas, un ejemplo de demócrata tolerante. Se ubica ahora en el pedestal de grandes republicanos como, entre otros, Aguirre Cerda, Aylwin, Boenninger, Silva Cimma, Frei Montalva y Belisario Velasco.
Prof. Luis A. Riveros
Emérito Universidad de Chile