Estrategia en el debate universitario

El "modelo Federici": cuando el poder reemplaza a la universidad

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Nassib Segovia Luis Riveros

Las universidades se distinguen de cualquier otra organización porque su principal activo no son sus edificios ni sus recursos financieros, sino la libertad con que sus comunidades pueden crear, debatir y generar conocimiento nuevo. Por ello, la forma en que se ejerce la gobernanza no constituye un asunto meramente protocolar o administrativo, sino una condición que determina la calidad académica, la capacidad de innovar y en último término, la propia identidad universitaria.


La literatura sobre gestión de personas ha demostrado que las organizaciones alcanzan mejores resultados cuando promueven el reconocimiento, la participación y la transparencia, ya que la productividad no depende únicamente de incentivos económicos, sino también de la capacidad de generar compromiso, confianza y sentido de pertenencia. En las universidades esta realidad adquiere una relevancia aún mayor, pues la calidad académica y la producción de conocimiento solo prosperan en ambientes donde el mérito, la libertad de pensamiento y la deliberación constituyen parte de la cultura institucional; cuando ello no ocurre y el interés de la institución termina subordinándose a la preservación de espacios de poder, las decisiones dejan de sustentarse en la trayectoria o los resultados para responder a relaciones de cercanía o una mal entendida lealtad. De esa forma, se debilita progresivamente la deliberación, se desalienta la crítica y se erosiona la confianza indispensable para el sano desarrollo de toda comunidad universitaria.


Es precisamente en este contexto donde el llamado “modelo Federici” recupera vigencia, no como referencia exclusiva al episodio que marcó a la Universidad de Chile durante la década de 1980, sino como la expresión de una forma de gobernar en la que el poder termina imponiéndose sobre la vida académica. Allí, la deliberación cede frente a la imposición, la crítica deja de ser un valor para convertirse en una amenaza y la adhesión pasa a importar más que el mérito, hasta el punto de que la universidad comienza a perder aquello que la distingue como comunidad de pensamiento para convertirse, progresivamente, en una organización gobernada desde la lógica del control. Es natural que en toda universidad convivan intereses políticos, académicos, económicos o de otra naturaleza, pues el pluralismo forma parte de la vida universitaria y, por sí mismo, no constituye un problema; el riesgo surge cuando alguno de esos intereses logra capturar la gobernanza institucional, condicionando las decisiones, restringiendo la participación y reemplazando el mérito por relaciones de lealtad o conveniencia. Cuando ello ocurre, la crítica pierde espacio, la deliberación se debilita y la universidad comienza a deteriorar su capacidad para generar conocimiento, atraer talento y sostener proyectos académicos de largo plazo, comprometiendo no solo la investigación y la docencia, sino también la libertad académica que constituye uno de los pilares fundamentales de su calidad y de su misión.


Por ello, la gobernanza universitaria difícilmente puede seguir considerándose un asunto meramente administrativo, pues constituye una condición que incide directamente en la calidad institucional. Si los procesos de acreditación buscan asegurar que las universidades dispongan de las capacidades necesarias para cumplir su misión, resulta razonable preguntarse si la forma en que se ejerce el gobierno universitario no debiera recibir una atención mucho mayor, ya que evaluar únicamente los resultados, sin examinar las condiciones que los hacen posibles, puede conducir a una comprensión parcial del verdadero desempeño institucional.


La participación efectiva de la comunidad académica, la transparencia en la toma de decisiones, la rendición de cuentas y el respeto por la libertad de pensamiento no pueden quedar reducidos a puras disposiciones formales o declaraciones de principios. Son en realidad, las condiciones que hacen posible una auténtica vida universitaria y permiten que la institución desarrolle plenamente su misión académica y su responsabilidad pública. El verdadero desafío no radica en impedir que existan diferencias o intereses al interior de las universidades, pues forman parte de la naturaleza de toda comunidad académica. Lo verdaderamente importante es evitar que alguno de ellos llegue a imponerse sobre los demás, capture la gobernanza institucional y sustituya la deliberación por la imposición. Cuando ello ocurre, la universidad deja de ser un espacio donde las ideas se confrontan con libertad para transformarse en una organización donde el poder termina condicionando el pensamiento. Es entonces cuando el “modelo Federici” deja de pertenecer exclusivamente a la historia y adquiere el carácter de una severa advertencia para la universidad de hoy.


Prof. Luis A. Riveros, Profesor Emérito, Universidad de Chile

Prof. Nassib Segovia, especialista en educación superior, académico, UNIACC.

europapress