​Bancarrota hídrica: el agua como condición del crecimiento

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Alejandra STHER



En junio de este año, la Junta de Vigilancia del Río Maipo y Aguas Andinas pidieron a la Dirección General de Aguas que declarara zona de escasez en la principal cuenca que abastece a Santiago. Ese mismo mes cerró el quinto mayo más seco en la capital desde 1967. La medida de excepción se ha vuelto rutina. Y esa rutina exige un nombre nuevo.


Lo propone un informe de la ONU lanzado en enero de 2026: “bancarrota hídrica”. El estrés describe una presión todavía reversible; la crisis, un shock acotado que se supera. La bancarrota es otra cosa: insolvencia, extraer y contaminar más allá de lo que el sistema repone, mayor irreversibilidad, daño a acuíferos, humedales, suelos y glaciares que no se recupera en escalas humanas de tiempo.


Chile ya cumple esos criterios. La megasequía acumula 15 años de déficit, alcanzando en algunas cuencas el 70%. El caudal del Maipo disminuyó en cerca del 25% en dos décadas. Y el glaciar Echaurren Norte perdió el 65% de su superficie desde 1955, según un estudio de la Universidad de Chile, publicado este año: fragmentado y cubierto de sedimentos, la irreversibilidad hecha paisaje. Mientras tanto, solo en el Biobío, cerca de 31 mil personas reciben agua en camión aljibe; en muchos casos, por falta de recursos para implementar soluciones definitivas. La emergencia se ha convertido en permanente.


Esta “bancarrota” exige gestionar dentro de nuevos límites, y ahí la infraestructura es decisiva en sus dos formas. La infraestructura “verde”, que incluye soluciones basadas en la naturaleza, protege y restaura los ecosistemas que contribuyen a aumentar un capital natural tan importante como el agua. En los humedales, los suelos y la recarga de acuíferos se produce el “ahorro” que el informe de la ONU pide dejar de dilapidar. La infraestructura gris amplía las fuentes. UNESCO y el Banco Mundial coinciden: no se trata de elegir entre una y otra, sino de combinarlas, porque integrarlas reduce costos y riesgos.


El punto ciego en Chile no está en las obras, sino que en la estrategia y la gobernanza. Los proyectos que permiten aumentar o distribuir el agua tardan años en obtener permisos y las decisiones se toman proyecto por proyecto, sin una estrategia nacional que las ordene. La planificación debe ejecutarse en el territorio, cuenca por cuenca; es allí donde el agua se genera, se usa y se degrada, pero articulada desde una mirada nacional a largo plazo. Y esto no es solo ambiental: más del 60% de lo que Chile exporta es intensivo en agua. La seguridad hídrica es hoy una condición para la competitividad. Pero no habrá crecimiento sostenible si seguimos financiándolo con capital natural en quiebra.


Hablar de “bancarrota hídrica” no es declararla para Chile ni rendirse: es sumar a la discusión pública un concepto que nombra con precisión lo que ya estamos viviendo. Dejar de administrar una ilusión y empezar a construir, en verde y gris, con reglas y estrategia, dentro de los límites reales del territorio. El agua puede ser el pilar del próximo ciclo de desarrollo o su primera víctima. La diferencia depende de que la discusión parta del diagnóstico correcto


Alejandra Stehr

Académica, Facultad de Ingeniería, Universidad de Concepción

Consejera del Consejo de Políticas de Infraestructura (CPI)


europapress