Estrategia en el debate universitario

El profesor: la inversión más rentable de un país

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Nassib Segovia Luis Riveros

Tras cada empresa innovadora, cada descubrimiento científico y cada profesional que transforma una organización existe una larga historia de aprendizajes iniciada en una sala de clases. Por ello, no es posible hablar de inversiones estratégicas para un país sólo considerando infraestructura, innovación, IA o capital humano avanzado. Debe también destacarse la “formación de profesores de excelencia”. una inversión cuyos efectos se extienden por generaciones y que rara vez figura en los análisis económicos. Por ello, resulta curioso que la vocación docente siga analizándose casi exclusivamente desde una perspectiva pedagógica o moral, hablándose de compromiso, de servicio público y de amor por la enseñanza, dimensiones que sin duda son esenciales. Pero pocas veces se relaciona con la capacidad de una sociedad para crear y renovar su propio talento, como si la educación y el desarrollo económico pertenecieran a mundos distintos cuando en realidad forman parte de un mismo proceso.


La historia chilena ofrece una buena lección al respecto, porque las Escuelas Normales no fueron solo instituciones destinadas a preparar profesores; constituyeron una política de construcción nacional que llevó educación a todo el territorio y amplió las oportunidades de movilidad social, permitiendo que miles de familias encontraran en el aprendizaje una posibilidad real de progreso. Detrás de esa experiencia existía una convicción sencilla, aunque profunda, según la cual el desarrollo de un país comenzaba mucho antes del mundo del trabajo, cuando alguien enseñaba a leer, a pensar y a descubrir capacidades que más tarde harían posible todas las demás profesiones. Esa intuición sigue siendo válida, aunque el escenario actual plantea nuevos desafíos, porque las organizaciones necesitan trabajadores cada vez más especializados y las dificultades para atraer profesores en áreas como matemáticas, ciencias o tecnología ya no son solo un problema educativo: cuando escasean los docentes, también se debilita la formación del capital humano que en los próximos años sostendrá la productividad y la innovación del país.


En este punto suele imponerse una mirada incompleta, porque a menudo se piensa que la formación de buenos profesores depende únicamente de quienes descubren tempranamente su vocación y eligen estudiar pedagogía. Este es un camino que seguirá siendo esencial para el país, pero la experiencia muestra que la vocación por enseñar también puede surgir después de una trayectoria laboral, cuando un profesional comprende que el conocimiento acumulado puede ponerse al servicio de otros y contribuir a la formación de nuevas generaciones. Un Contador Auditor que enseña matemáticas en educación superior o un Bioquímico que comparte en el aula años de investigación no abandonan su experiencia, sino que la ponen al servicio de nuevas generaciones y acercan a los estudiantes a la realidad del trabajo. Naturalmente, dominar una disciplina no basta para convertirse en profesor y la experiencia profesional jamás reemplazará la formación pedagógica. Lo relevante, es comprender que ambos caminos tienen un elemento común, dado que en los dos casos existe una vocación por enseñar y una decisión consciente de contribuir al desarrollo de otras personas.  


Quizás ahí se encuentre una manera más amplia de entender el rol del profesor, no solo como quien transmite conocimientos, sino como quien transforma la experiencia y el aprendizaje en nuevas oportunidades para las generaciones venideras. Mientras muchas actividades producen bienes o servicios, la docencia trabaja con capacidades humanas, fortalece la confianza, desarrolla criterio y acompaña procesos que muchas veces cambian el rumbo de una vida. Eso constituye la verdadera vocación pedagógica.


La expansión de la IA vuelve esta reflexión aún más pertinente, porque los algoritmos podrán automatizar tareas y procesar información con una velocidad extraordinaria, pero una plataforma aún no podrá reconocer el potencial de un estudiante o de encontrar las palabras adecuadas para que alguien recupere la confianza y no deserte del sistema. El mayor desafío del futuro, por lo mismo, no sea quizás elegir entre formar profesores desde las pedagogías o incorporar profesionales con experiencia al mundo de la enseñanza, sino reconocer que ambos caminos son complementarios y comparten un mismo fundamento, que es la vocación de formar personas.


La educación chilena no necesita elegir entre dos modelos, sino construir una estrategia que fortalezca la formación inicial de profesores y a la vez permita que profesionales con experiencia se incorporen a la enseñanza mediante una sólida preparación pedagógica. De esa forma, el país preservará la riqueza de las pedagogías y aprovechará el conocimiento acumulado en otros ámbitos para ampliar las oportunidades de las nuevas generaciones. Eso requiere una política de Estado que fortalezca la profesión docente y amplíe sus caminos de acceso. Las antiguas Escuelas Normales ayudaron a construir el país que Chile necesitaba en su tiempo; el desafío actual es recuperar esa visión estratégica y comprender que el desarrollo futuro dependerá, en gran medida, de nuestra capacidad para formar a quienes tendrán la responsabilidad de formar a los demás.


Prof. Luis A. Riveros, Profesor Emérito, Universidad de Chile; 

Prof. Nassib Segovia, especialista en educación superior, académico UNIACC.



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