Han pasado algo más de 5 meses desde que, en la madrugada del 28 de febrero de 2026, cazabombarderos estadounidenses e israelíes iniciaron una oleada de ataques sobre territorio iraní ante la negativa del país persa de dar cumplimiento a las resoluciones de Naciones Unidas respecto del no desarrollo de capacidades nucleares que pudieran ser empleadas militarmente. Ese instante no solo reactivo las hostilidades que parecía habían sido contenidas por la breve "Guerra de los Doce Días" de junio de 2025, destapando una arquitectura de conflictos superpuestos que hoy se extiende desde el Líbano hasta el mar Rojo. La pregunta que debemos hacernos ya no es si el conflicto continuará, sino qué tipo de Oriente Medio emergerá de él.
La guerra principal: desgaste mutuo sin decisión
El ataque inicial cobró una víctima de enorme peso simbólico: el líder supremo iraní, Ali Jamenei, quien murió junto a miembros relevantes en la estructura de poder de Irán. Desde entonces, la guerra ha oscilado entre altos el fuego frágiles, incluyendo el Memorando de Entendimiento que colapsó a mediados de julio, y campañas de bombardeo sostenido. Estados Unidos ha completado ataques contra objetivos que incluyen puentes, nudos ferroviarios, depósitos subterráneos de armas y capacidades navales iraníes, en una estrategia deliberada de degradar la infraestructura logística que sostiene al régimen. Irán, por su parte, conserva una cantidad importante de misiles de diferente tipo y sistemas no tripulados. De esta forma, mediante la combinación de enjambres de lanchas rápidas, minado discreto, ciberataques contra sistemas de geolocalización y el despliegue masivo de misiles antibuque y drones suicidas, Teherán ha logrado disputar eficazmente el control del estrecho de Ormuz. El estrangulamiento e incertidumbre en la seguridad de navegación por tan importante arteria de tráfico marítimo, sumado a los ataques contra bases estadounidenses en Baréin, Catar, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Jordania e Irak, han vuelto a llevar a una encrucijada a la economía global, pendiente de las fluctuaciones del combustible. La propuesta omaní de crear un mecanismo regional de cuotas voluntarias para gestionar el paso por Ormuz, aunque aún incipiente, sugiere que, los países del golfo, comienzan a buscar salidas alternativas ante la incierta definición, al menos en el corto plazo, a un conflicto que, no solo afecta sus exportaciones, sino que también, su seguridad y economía.
Un dato revelador de lo anteriormente señalado no está en los titulares de bombardeos, sino en las cifras de tráfico marítimo. Antes de la guerra, un promedio de 100 buques comerciales cruzaba diariamente el estrecho de Ormuz, arteria por la que transita cerca de una quinta parte del petróleo y el gas natural licuado mundial. A finales de julio, ese número había caído a menos de diez. La llamada "flota fantasma", buques que operan fuera de los sistemas convencionales de seguro y rastreo AIS (Sistema de Identificación Automático en su acrónimo en inglés), se ha convertido en la norma, no en la excepción, evidenciando que el control del mar, más que la ocupación territorial, es hoy el verdadero campo de batalla de esta guerra.
El frente libanés: la erosión sistemática de Hezbolá
El conflicto principal ha actuado como un catalizador para teatros secundarios que amenazan con desmembrar la arquitectura de seguridad de Levante. En el Líbano, la intensificación de las hostilidades entre Israel y Hezbolá ha dejado de ser una contienda fronteriza, para convertirse, en un frente de atrición estructural.
Desde la óptica operacional, Hezbolá ha estado aplicando las lecciones extraídas de las primeras semanas del choque entre Estados Unidos e Irán, mediante el uso coordinado de artillería de cohetes y drones de reconocimiento, para saturar la red defensiva naval y terrestre israelí. Al obligar a Tel Aviv a fijar recursos militares en la frontera norte, el eje liderado por Teherán ha logrado impedir que Israel concentre su poder aéreo en el teatro del Golfo. Esta interconexión entre frentes demuestra que la doctrina de la unidad de campos de batalla ya no es una mera consigna propagandística, sino una realidad operativa plenamente coordinada.
El alto el fuego declarado el 16 de abril, y renovado en junio con mediación de Estados Unidos, Catar e Irán, no ha detenido las operaciones militares en la práctica, por ambos lados. El despliegue del ejército libanés, en zonas piloto acordadas con Israel, sugiere un intento de Beirut por recuperar soberanía territorial y, simultáneamente, desarmar a Hezbolá, bajo tutela internacional, un experimento que definirá si el Líbano logra escapar de su histórico rol de tablero de ajedrez regional.
El frente del Mar Rojo: la maniobra hutí y la reactivación del dilema saudí
Un tercer vértice en este triángulo de conflictos regionales es aquel reabierto el 13 de julio, cuando los hutíes rompieron la tregua de facto que mantenían con Arabia Saudita desde 2022, en represalia por un bombardeo saudí contra el aeropuerto de Saná, que impidió el regreso de una delegación yemení desde el funeral de Jamenei en Teherán. Desde entonces, la escalada ha sido vertiginosa: ataques con misiles balísticos y drones contra el aeropuerto de Abha, un "bloqueo marítimo" declarado contra buques vinculados a Riad en el estrecho de Bab el-Mandeb, y el golpe más grave hasta la fecha, con el bombardeo, el 24 de julio, contra las refinerías de Saudi Aramco en Jizán y Yanbu.
Estas acciones cobran particular relevancia, por cuanto Arabia Saudita, con el propósito de movilizar sus exportaciones de crudo, había logrado mantener su flujo empleando grandes navíos que cargaban en el citado puerto de Yanbu y, desde ahí, vía mar Rojo, estrecho Bab el-Mandeb, alcanzaban el océano Índico y así, a los destinos en diferentes partes del mundo. Se debe tener presente que, por sus dimensiones, este tipo de naves no puede circular por el Canal de Suez.
Este frente reactiva, en esencia, la guerra civil yemení, la que llevaba casi doce años de asedio saudí sobre las zonas controladas por los hutíes, ahora bajo el paraguas de la confrontación mayor con Irán. Para Riad, el dilema es complejo: cada ataque hutí a su infraestructura energética debilita su relato de neutralidad prudente frente al conflicto entre Washington y Teherán, mientras el tráfico por Bab el-Mandeb, ruta que había ganado protagonismo precisamente por los ataques hutís en 2023, se convierte en otro estrangulador de las exportaciones saudíes, ampliando los efectos sobre el suministro de combustibles mundial.
¿Reignición o amanecer de una nuevo orden geopolítico?
La pregunta planteada no admite una respuesta binaria. Lo que observamos no es la simple repetición de ciclos de violencia ya conocidos, sino la fragmentación del "eje de resistencia" iraní en múltiples frentes autónomos que, aun coordinados ideológicamente, actúan con lógicas propias: Hezbolá negocia su desarme bajo presión interna libanesa; los hutíes escalan por motivos tanto tácticos como de supervivencia política interna en Yemen; e Irán, aparentemente, debilitado en su cúpula, pero no derrotado militarmente, apuesta a una guerra de desgaste que erosione la voluntad occidental antes que su propia capacidad de resistencia.
Si algo define el amanecer de este nuevo ordenamiento es la naturaleza marítima del conflicto: dos estrechos estratégicos, Ormuz y Bab al-Mandeb, convertidos simultáneamente en armas de presión económica, la aparición de flotas fantasma como norma de navegación, y aseguradoras y navieras redefiniendo en tiempo real las rutas del comercio energético global. El siglo XXI, una vez más, se dirime en los puntos de estrangulamiento marítimo tanto como en los campos de batalla terrestres. Sea cual sea el desenlace, Oriente Medio no volverá al mapa que conocíamos antes del 28 de febrero.
Leonardo Quijarro S.
Profesor Residente Academia de Guerra Naval
Docente Investigador del Centro de Estudios Navales y Marítimos (CENAM)
Senior Fellow en Miami Strategic Intelligence Institute
Contraalmirante (R)