​Colegio Nido de Águilas implementa con éxito un modelo de aprendizaje basado en la naturaleza en educación preescolar

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En un contexto donde los desafíos de la infancia contemporánea —desconexión con el entorno, sedentarismo, dificultades en la autorregulación y el bienestar emocional— demandan respuestas integrales, el colegio Nido de Águilas está dando un paso clave con la implementación de un innovador programa educativo que integra el aprendizaje basado en la naturaleza como parte fundamental de su modelo pedagógico en educación preescolar.


Este programa consolida al establecimiento como referente en la educación de niñas y niños de playgroup, prekínder y kínder gracias a una reconfiguración del currículum que incorpora el contacto con la naturaleza como agente de enseñanza aprovechando los espacios naturales que rodean al recinto, ubicado en la comuna de Lo Barnechea.


En la práctica, este enfoque transforma el entorno natural en una extensión del aula. A través de experiencias sistemáticas de aprendizaje al aire libre y la incorporación de elementos de la naturaleza en el aula, niñas y niños observan, exploran, se hacen preguntas y enfrentan desafíos reales, guiados por educadoras con formación en outdoor learning. Al estar integrado al currículum, no solo promueve el aprendizaje experiencial, sino que también fortalece habilidades clave como la autonomía, el pensamiento crítico, la autorregulación y el trabajo colaborativo, en un contexto en el que el vínculo con la naturaleza se convierte en parte esencial de su proceso formativo.


Para Carolina Correa, directora del ciclo preescolar del Colegio Nido de Águilas y educadora en Aprendizaje al Aire Libre, lo explica así: “No se trata de ampliar las actividades extracurriculares o sacar a los niños al cerro una vez a la semana. Vemos la naturaleza como parte esencial del aprendizaje y ampliamos lo que entendemos por aula para formar personas críticas, creativas y conscientes de su entorno”.


Desde su puesta en marcha, este tipo de enseñanza ha traído notorios beneficios para los estudiantes y la comunidad en general, entre ellos, el desarrollo de habilidades de resolución de conflictos, un mayor trabajo en equipo, la disminución de los niveles de ausentismo por enfermedad y un aumento del entusiasmo de niñas y niños.


“El cambio ha sido impresionante. Hemos visto a niños temerosos de correr o saltar transformarse en pequeños aventureros. Lo que más nos dicen después de las actividades en terreno es que se sienten ‘calmados’, algo que se proyecta después en la sala de clases y en sus casas, ya que sus padres también lo notan. Esto es sumamente valioso en un mundo de tecnología y estímulos constantes”, acota Correa.


Un enfoque respaldado por evidencia

Las investigaciones en neurociencia cognitiva y desarrollo socioemocional respaldan de manera consistente los beneficios del aprendizaje en entornos naturales. Estudios de la University of Illinois han demostrado que el contacto frecuente con espacios verdes mejora la concentración, reduce los niveles de estrés y favorece la autorregulación emocional en niños y niñas. A su vez, investigaciones recopiladas por la American Academy of Pediatrics señalan que el juego y aprendizaje al aire libre contribuyen al desarrollo cognitivo, social y físico, además de disminuir síntomas asociados a ansiedad, déficit atencional y sedentarismo infantil.


En la misma línea, un informe de Natural England, el organismo asesor del gobierno británico en materia medioambiental, evidenció que los estudiantes que participan regularmente en experiencias educativas en la naturaleza desarrollan mayores niveles de motivación, trabajo colaborativo y compromiso con el aprendizaje.


Mediante metodologías innovadoras que trascienden el aula convencional, el programa forma estudiantes más seguros, curiosos y autónomos, preparados para desenvolverse en entornos complejos y cambiantes. Además, la propuesta se alinea con las tendencias globales de aprendizaje experiencial y representa una respuesta pedagógica concreta a las demandas del siglo XXI.


“Cuando se creó el colegio en Nido en 1934, sus fundadores creían en algo sencillo pero poderoso: la naturaleza como la mejor aula para forjar el carácter y fomentar el cuidado mutuo. Hoy, más de 90 años después, esa convicción sigue en el corazón de nuestro currículo, extendiéndose desde preescolar a lo largo de toda la vida escolar de nuestros alumnos. Creemos que la naturaleza es el escenario ideal para el aprendizaje sensorial. No importa si es un cerro, un parque o una plaza; lo fundamental es aprovechar cualquier entorno disponible para construir una educación centrada en la persona como parte integral del mundo natural”, comenta Carolina Correa.


europapress