Señor director:
En Chile, hablar de listas de espera suele reducirse a cifras y estadísticas institucionales. Sin embargo, detrás de cada número hay una persona cuya vida quedó suspendida aguardando una consulta, cirugía o diagnóstico.
Esperar no solo retrasa tratamientos, sino que deteriora la salud mental, afecta a familias completas y profundiza desigualdades invisibles. Hay pacientes que viven meses con dolor, incertidumbre o limitaciones físicas que les impiden trabajar o dormir; otros, lamentablemente, llegan demasiado tarde a diagnósticos que pudieron abordarse de forma oportuna.
Este problema no es únicamente sanitario, sino humano y económico. Cuando una persona espera demasiado, su enfermedad se agrava, lo que aumenta las hospitalizaciones, el uso de licencias médicas y la presión financiera sobre el sistema. Lo que no se resolvió a tiempo termina siendo más complejo y costoso.
Lo más preocupante es que la espera se ha normalizado, como si vivir meses con dolor fuera parte natural del sistema. La salud no debe depender de la capacidad de resistir el tiempo. Cuando un país obliga a sus pacientes a esperar en exceso, el costo deja de medirse en recursos: se mide en angustia y vidas perdidas.
Sandra Alcina
Académica Facultad de Administración y Negocios
Universidad Autónoma de Chile