Sr. Director,
El desarrollo de la inteligencia artificial no es neutral. El llamado del Papa León a regular esta tecnología no es una exageración para quienes trabajamos en su diseño, en la eliminación de sus sesgos y desde la academia, vemos la necesidad de impulsar su uso ético. Desde la psicología, observamos que la IA, al ser una creación humana, arrastra y replica nuestros propios prejuicios. El verdadero peligro radica en que estos errores ya afectan a la sociedad a través de decisiones autónomas desreguladas.
Al delegar determinaciones clave en un algoritmo, lo que ya ha derivado en casos judicializados a nivel mundial, se diluye la responsabilidad humana. Bajo la cómoda excusa de "me lo dijo la IA", abandonamos la supervisión del aprendizaje continuo del sistema y traspasamos nuestra carga ética a una máquina. Esta externalización, potenciada por la actual sobreinformación, fomenta una alarmante distancia emocional y apatía.
El riesgo se profundiza cuando las personas acuden a la IA en busca de apoyoafectivo. Sin la guía de un profesional de la salud, este uso deshumaniza los vínculos y transforma las emociones en transacciones, llevándonos a exigir a las relaciones humanas la misma respuesta rápida y automatizada de una máquina. Urge un estricto control humano; las personas no somos algoritmos.
Pablo Palma
Director Carrera de Sicología
Universidad Autónoma de Chile