El auge del e-commerce ha abierto una puerta inédita para la internacionalización de las empresas chilenas, pero no todas están aprovechando esa oportunidad de la misma forma. Hoy, el foco ya no está sólo en vender más, sino en cómo esas ventas se traducen —o no— en ingresos eficientes.
Las cifras lo dejan claro: Chile alcanzó un máximo histórico de empresas exportadoras, superando las 8.000, de las cuales cerca del 97% corresponde a PYMES (Subsecretaría de Relaciones Económicas Internacionales). Sin embargo, dentro de ese universo, aún es acotado el grupo que utiliza plataformas globales como Amazon u otros marketplaces para escalar sus ventas internacionales. Es precisamente ahí en donde existe un espacio poco visibilizado, pero con alto potencial de crecimiento.
Para estas empresas, internacionalizarse es cada vez más accesible. La infraestructura digital, la logística y los marketplaces han reducido significativamente las barreras de entrada. Pero ese avance tiene una contracara: a medida que crecen las ventas, también lo hacen las complejidades financieras.
Hoy, muchas PYMES chilenas que venden al extranjero enfrentan un problema estructural: no en la capacidad de vender, sino en la forma en que reciben y gestionan sus ingresos. Cobrar desde el exterior suele implicar múltiples intermediarios, conversiones de divisas poco eficientes y tiempos de liquidación que afectan directamente el flujo de caja.
En mercados altamente competitivos, donde los márgenes son cada vez más estrechos, estos factores dejan de ser operativos y pasan a ser estratégicos. Una diferencia de algunos puntos porcentuales en el tipo de cambio o en los costos financieros puede definir la rentabilidad de todo el negocio.
A esto se suman cambios regulatorios y nuevos costos en mercados clave como Europa o Estados Unidos, que impactan especialmente a las PYMES con tickets promedio más bajos. En ese contexto, la gestión financiera deja de ser un área de soporte y se transforma en un habilitador —o limitante— del crecimiento.
Lo que estamos viendo es una “segunda derivada” del e-commerce exportador: empresas que ya lograron vender afuera ahora enfrentan el desafío de sofisticar su operación financiera. Esto implica recaudar en moneda local en sus mercados de destino, reducir conversiones innecesarias y gestionar activamente su exposición cambiaria.
Ahí es donde el ecosistema financiero empieza a jugar un rol más relevante. No se trata solamente de facilitar pagos, sino de integrarse a la lógica del comercio digital global. Por ejemplo, hoy existen instituciones financieras aprobadas por plataformas como Amazon que permiten a exportadores chilenos recibir sus ingresos de manera directa, en la moneda de origen, optimizando tiempos y costos.
Este tipo de soluciones no sólo mejora la eficiencia operativa, sino que permite a las empresas competir en mejores condiciones. En un entorno donde la diferencia entre crecer o estancarse puede estar en los detalles, contar con una estructura financiera adecuada deja de ser opcional.
El desafío, entonces, no se limita a impulsar a más PYMES chilenas para que vendan en el exterior, sino asegurar que lo hagan de forma sostenible. Porque en el e-commerce global, vender es sólo el primer paso. La verdadera ventaja competitiva está en cómo se captura y gestiona ese valor.
Por Alfonso Molinare, Country Manager de Ebury