Señor Director:
Durante los últimos meses y años, lamentablemente, los conflictos armados han incrementado su extensión y efectos en el planeta. Junto con la irreparable pérdida de vidas humanas, las guerras generan un impacto significativo sobre el medio ambiente y sus ecosistemas. Contaminación atmosférica, deterioro de la calidad del agua; efectos sobre la flora y la fauna; desforestación; generación de grandes cantidades de residuos; propagación de agentes tóxicos, muchas veces en lugares y períodos de tiempo que exceden con creces los límites de los conflictos armados, son algunos ejemplos de sus graves efectos adversos sobre el planeta.
Como casos concretos, es posible mencionar los efectos devastadores sobre la biodiversidad de las armas químicas en la segunda guerra mundial, miles de personas y otros organismos afectados por la radiación de las bombas atómicas en Japón, la destrucción de millones de hectáreas de bosques tropicales y manglares por el agente naranja en la guerra de Vietnam, y la inundación de 60 mil hectáreas como consecuencia de la destrucción de la represa Kajovka en Ucrania en 2023.
Pero los impactos de estos conflictos se expanden más allá de sus efectos directos, causando inseguridad y temor en las Comunidades, que se ven obligadas a reordenar sus prioridades. ¿Cómo vamos a esperar que el reciclaje, o el compostaje de sus residuos orgánicos, sea considerado importante por quienes tienen como prioridad su supervivencia? ¿Podemos desear que la transición energética avance en países en los que su sistema eléctrico está en riesgo permanente? ¿Qué relevancia tienen las áreas protegidas en una zona de guerra? ¿Cómo educar en la sostenibilidad cuando lo que ven los niños en su entorno es algo diametralmente distinto?
Pero hay otro elemento adicional relevante: el deterioro del medio ambiente no solo es consecuencia de las guerras, sino que también puede ser causa de ellas. La falta de agua, o su contaminación, así como la pérdida de recursos naturales, por ejemplo, pueden ocasionar la migración de grupos humanos y, como consecuencia de ello, conflictos armados por tierras o por alimentos. El cambio climático también es causa y consecuencia de guerras y conflictos, a través de la desforestación, por un lado, y de los efectos climáticos extremos, por el otro.
Por todo esto, quienes trabajamos por cuidar el medio ambiente a través de las acciones habituales de protección de sus componentes, estamos llamados a promover la tolerancia, el diálogo y la paz. Incluso en ausencia de guerra, “la paz interior de las personas tiene mucho que ver con el cuidado de la ecología y con el bien común” (Laudato Si, 225). El conflicto jamás va a ofrecer una vía adecuada para la protección de nuestra casa común. La paz es un prerrequisito para la sostenibilidad. Seamos promotores de la paz, y de paso tendremos un planeta saludable para nuestros hijos y nietos.
Pablo Barañao D.
Consultor ambiental
Fundador y Gerente General de Mejores Prácticas