Debo comenzar con un “disclosure”: soy católico practicante pero no soy teólogo. Esta columna la hice a través de un largo diálogo con Chat GPT. Por lo tanto, la IA, lejos de ser una amenaza para nuestra Fe, es un refuerzo - si sabemos escribir el “prompt” correcto.
Cuando la economía deja de necesitar al hombre
En esta Semana Santa, mientras el mundo conmemora la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, emerge una pregunta inesperadamente contemporánea: ¿qué ocurre cuando la economía comienza a prescindir del trabajo humano?
La expansión de la economía digital —que ya representa cerca de un 15% del PIB en países como Chile y hasta un 40% en economías altamente digitalizadas como China— no es solo un fenómeno tecnológico. Es el inicio de un cambio de civilización. La inteligencia artificial, la automatización y las plataformas están desplazando progresivamente el trabajo como eje estructurante de la vida social.
Durante siglos, el trabajo ha sido mucho más que un medio de subsistencia: ha dado identidad, propósito y pertenencia. Pero en una economía crecientemente organizada por algoritmos, ese vínculo comienza a debilitarse. La pregunta deja de ser cómo producir más, y pasa a ser por qué y para qué producimos.
Aquí es donde el tiempo litúrgico que vivimos adquiere una relevancia inesperada. El mensaje central del cristianismo afirma que la dignidad del ser humano no depende de su utilidad, sino de su condición de persona. No somos valiosos por lo que hacemos, sino por lo que somos.
En un mundo donde la inteligencia no humana asume funciones productivas, esta afirmación deja de ser solo teológica y se vuelve socialmente urgente. Si el valor ya no proviene del trabajo, entonces debe fundarse en algo más profundo: la dignidad intrínseca, la capacidad de relación, la apertura a la trascendencia.
La paradoja es evidente. La misma tecnología que podría vaciar de sentido la vida humana es también la que puede liberarla. Liberarla del imperativo de producir para sobrevivir, y abrir espacio para dimensiones largamente postergadas: la contemplación, el vínculo, la búsqueda de sentido.
Semana Santa no es solo memoria de sufrimiento, sino promesa de redención. Tal vez, en medio de esta transformación tecnológica, esa promesa adquiere una nueva forma: la posibilidad de redescubrir qué significa ser verdaderamente humano en una economía que ya no nos necesita para funcionar.
La pregunta, entonces, no es si la tecnología reemplazará al hombre, sino si el hombre sabrá redescubrirse a sí mismo cuando eso ocurra.
Dios creó al hombre y lo dotó de inteligencia. Esa inteligencia creó la inteligencia artificial. Quizá sin proponérselo el hombre está recorriendo un camino que lo lleve a reencontrarse con la trascendencia.
Alfredo Barriga (con colaboración de ChatGPT)
Profesor UDP
Autor de “Presente Acelerado: la Sociedad de la Inteligencia Artificial y el urgente rediseño de lo humano