Gestión universitaria cimentada

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Luis Riveros ok

La universidad se ha desarrollado en el mundo cimentada en dos condiciones sine qua non. Por una parte, la existencia de un sistema que reconozca el seniority académico y, por otra, la participación de la comunidad académica en la definición de las orientaciones estratégicas. El seniority se define por el nivel de experiencia y especialización de un docente o investigador, lo cual determina su autonomía, capacidad de liderazgo, responsabilidad intelectual, producción científica y la mentoría que un académico debe ejercer en la universidad. El reconocimiento es otorgado a través de un comité de pares, constituido en instancia de jerarquización académica, la que puede dar paso a otorgar diversos grados del dicho seniority, como son usualmente los de ayudantes y profesor asistente, asociado o titular. Esto es un sistema básico en cualquier universidad a la cual se reconozca en cuanto a la relevancia de su trabajo académico. Y se trata de auspiciar el cumplimiento de esta carrera académica a través de políticas activas de estímulo a la investigación y la docencia, cuyo mérito debe ser establecido por las debidas instancias académicas en el fuero interno. Por cierto, siempre habrá mucha tentación por intervenir este sistema, por ejemplo para que la institución universitaria aparezca con altos niveles de seniority como también en la idea de eliminar la relativa inamovilidad que deben tener los académicos de más alta jerarquía, lo cual molesta a los “gestores” quienes enfatizan otras prioridades no necesariamente las estrictamente académicas.


No se trata de que los profesores de las más altas jerarquía deban ser considerados “inamovibles”. Pero sí se trata de que los gestores tengan que proporcionar justificación adecuada para desvincular a un académico con reconocido “seniority”. De otra forma, la gestión arrebata todo mérito a la jerarquización académica y la transforma en un simple artilugio administrativo, especialmente cuando ello trasluce una restricción a la libertad de pensamiento. Por esa razón es también aconsejable que sea un par académico quien esté a cargo de la gestión, provisto un sistema transparente y normado de jerarquización, ya que su juicio tomará en cuenta el seniority adquirido. Desde este punto de vista, un efectivo sistema de carrera académica es esencial para la sostenibilidad del proyecto universitario y debe ser por eso considerada en los procesos de acreditación de las instituciones.


El segundo requisito para una debida gestión académica se refiere a la participación en las decisiones estratégicas. Una forma de garantizarla es a través de la elección de autoridades intermedias con participación de los académicos de las más altas jerarquías. La participación de éstas puede constituir las instancias de debate que necesita una universidad para fijar sus caminos de desarrollo. La elección de autoridades debe ocurrir debe manera normada y sus resultados deben respetarse a fin de garantizar la estabilidad y credibilidad del sistema de gestión universitaria. Cuando una autoridad electa es “removida” por decisión de un gestor, lo que se cuestiona es la decisión de un cuerpo académico constituido, y se constituye en un abierto cuestionamiento al seniority y sistema de jerarquización constituidos. Usualmente, como instrumento de “control político” este tipo de intervención desnuda a la universidad en cuanto a la solidez de sus fundamentos propiamente académicos.


Las universidades deben madurar para alcanzar el nivel de excelencia que se merece la sociedad, más allá de indicadores específicos de eficiencia “productiva”. Para ello es vital que sean instancias de reflexión y propuesta en todo campo relevante, lo cual requiere el apego al seniority y la participación académica como herramientas primordiales que cimentan su hacer.


Prof. Luis A: Riveros

Emérito Universidad de Chile

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