Acaba de salir la primera encíclica del Papa León XIV. ¡Y es sobre la IA! Como saben, escribí un libro sobre IA el año pasado (Presente Acelerado: la Sociedad de la Inteligencia Artificial y el Urgente Rediseño de lo Humano, publicado en Amazon.com). También supongo que a estas alturas quienes me leen habrán comprendido que soy y practico el catolicismo. Esta Encíclica por lo tanto es del mayor interés para lo que publico en estas hojas, y quiero compartirlo con los lectores.
La encíclica me obliga de entrada a reconocer que el título de mi libro no es acertado. Desde la concepción de un católico la humanidad no se rediseña: se revela. Cada nuevo avance tecnológico ha permitido a la humanidad una nueva creatividad, nuevos horizontes, nuevas conquistas. No ha necesitado reinventarse, y reconozco que ahora tampoco.
Pero el resto de mi libro y la Encíclica conversan, lo cual me tiene muy contento.
La irrupción de la inteligencia artificial nos obliga a hacernos preguntas que ya no son técnicas, sino profundamente humanas. ¿Qué significa ser persona en un tiempo donde las máquinas escriben, analizan, recomiendan y deciden? ¿Qué lugar queda para la libertad, la creatividad y el juicio? En mi libro desarrollo la idea de que la IA puede habilitar una civilización del amor. Y al contrastarla con la encíclica Magnifica Humanitas de León XIV, encuentro un diálogo que ilumina tanto las posibilidades como los riesgos de este momento histórico.
Mi tesis parte de una convicción: si automatizamos lo mecánico, liberamos tiempo para lo esencial. La IA no reemplaza al ser humano; lo amplifica. Puede democratizar el conocimiento, expandir capacidades y permitir que más personas participen de la vida intelectual, productiva y creativa. Desde esta perspectiva, la tecnología es una palanca para una sociedad más justa, más consciente y colaborativa. La IA, bien integrada, puede ayudarnos a construir relaciones más humanas, no menos.
León XIV, parte desde otro lugar. En Magnifica Humanitas recuerda que la dignidad humana es anterior a toda técnica. La IA puede ser útil, pero nunca debe confundirse con la interioridad, la conciencia o la libertad. El riesgo no es que la IA piense demasiado, sino que nosotros pensemos demasiado poco. La aceleración tecnológica puede erosionar la interioridad, diluir el juicio moral y reducir a la persona a un engranaje dentro de un sistema algorítmico. Para León XIV, la tecnología debe ser un instrumento ordenado al bien, no un coprotagonista de la creación. En eso también reconozco un error de sintaxis en mi libro, al darle el mérito de co-creación a Copilot.
Pero a pesar de esas diferencias, ambas visiones coinciden en lo esencial: la persona está en el centro. La tecnología debe servir al desarrollo humano integral, no al revés. La educación es el eje que permitirá navegar este tiempo: formar criterio, cultivar la conciencia, enseñar a distinguir entre información y sabiduría. Y, sobre todo, ambas perspectivas reconocen que el amor —entendido como cuidado, responsabilidad y apertura al otro— es el principio organizador de cualquier sociedad que aspire a llamarse humana.
Si abrazamos la tecnología sin reflexión, corremos el riesgo de deshumanizar procesos y decisiones. Si la rechazamos por temor, perderemos competitividad, productividad y oportunidades de desarrollo. La pregunta no es si debemos usar IA, sino cómo la integramos para que potencie lo mejor de nosotros.
Creo que la respuesta está en una IA que libere tiempo, amplifique capacidades y democratice oportunidades, pero siempre subordinada a la dignidad humana. Una IA que habilite una civilización del amor, pero que nunca olvide que el amor —y la humanidad— no pueden ser automatizados.
Alfredo Barriga
Profesor UDP
Autor de “Presente Acelerado: la Sociedad de la Inteligencia Artificial y el Urgente Rediseño de lo Humano”, publicado en Amazon.com