Pía Bartolomé



Pía Bartolomé

La dificultad de comunicarse cara a cara con los hijos es una temática recurrente en reuniones de apoderados o en instancias sociales con parejas de padres. La digitalización de las relaciones entre los jóvenes, donde parece más cómodo y a la mano chatear o jugar en línea con amigos que establecer conversaciones reales, ha complejizado la vinculación padres / madres – hijos / hijas. Cada una de las partes se siente mejor en su realidad presencial y virtual, respectivamente, a la hora de resolver conflictos o, incluso, ponerse de acuerdo en asuntos cotidianos de la vida familiar.

Ad portas de celebrar Navidad, y a partir de la experiencia de asesoría con algunas familias empresarias teñidas por la presencia de algún miembro con una desmedida ambición empresarial y una ética algo “flexible”, se nos viene al recuerdo el odioso personaje de Charles Dickens en su clásico A Christmas Carol, que ha inspirado a su vez al cine y a nuevas fantasías sobre los peores enemigos de la fiesta del nacimiento de Jesús.

Las emociones son un ingrediente maravilloso que nos preparan para la vida; nos dan una sazón coherente con nuestras vivencias y, sean estas agradables o desagradables, siempre tienen un propósito beneficioso. Pero ¿qué sucede cuando esas experiencias ingratas se anclan a nuestra memoria trayendo consigo, de tanto en tanto, el recuerdo de quienes la provocaron? Es un indicador de que ese pasado no ha sido resuelto y por lo tanto sigue afectando, en un tono más negativo que positivo, esa relación.

Gran parte del éxito de las empresas familiares reside en un vínculo filial sólido, que evoluciona y se enriquece junto al negocio, para proyectar el legado del fundador, involucrar la mirada y aporte de las nuevas generaciones y darle sentido de  trascendencia.  Paradojalmente, es en ese mismo núcleo donde se sostienen, muchas más veces de lo que imaginamos, las tramas más complejas de recelo, desconfianza y frustración que impiden avanzar a tantos otros emprendimientos.

Si me lo permiten, podría resumir el quehacer de una empresa en dos palabras: recibir y dar. Recibir -a través de diversos medios- los recursos (insumos, materia prima, personas) necesarios, para dar empleo; sus servicios y/o productos. A todo lo que sucede entre esas dos palabras le llamaremos procesos, un sinfín de actividades realizadas por personas que reciben y dan, esforzándose por que los resultados sean, en lo posible, los esperados.

Todo fundador/a sueña con perpetuar su legado por muchas generaciones, para bienestar de sus seres queridos. Y la experiencia nos dice que la confianza es, para muchos, el elemento clave que ayuda a disipar los temores asociados a dejar en los herederos lo que tanto esfuerzo les ha costado.

Una empresa familiar surge con un fundador/a y una necesidad que puede ir desde la más básica hasta la más altruista de ser un aporte al mundo (y todas las combinaciones posibles en el medio). Luego, con su ingenio, trabajo duro, perseverancia y una cuota de gracia, consigue si todo sale bien, construir un “legado empresarial”.

Contar con miembros de la familia en sus empresas es un factor clave de éxito empresarial y felicidad familiar; una de sus mayores fortalezas se encuentra en esa vertiente. Proveen de seguridad a la familia porque alguien de confianza está velando por el bienestar del negocio a largo plazo en beneficio del bien común, que es perpetuar el legado que aman preservando el sello de la familia.

La vida es tan maravillosa como frágil. Aceptarlo, invita a tener una actitud de apertura al disfrute más pleno y de alerta a su tiempo acotado.

Este descanso es un derecho con valor en sí mismo, pero también hay innumerables estudios que muestran el vínculo con la salud física y mental, con la importancia de reconciliar la vida laboral y personal.