Normalizando el Instituto Nacional

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Enrique Goldfarb (columnista)


Escuché de un analista de la situación actual, un término que encontré no podía resumir mejor las cosas. Se está “normalizando lo anormal". Es decir, se encuentra de lo más natural, las situaciones más aberrantes. Políticos ligados con el narcotráfico y juegos ilegales, crímenes de jóvenes que no alcanzan la mayoría de edad, portonazos por doquier, una Araucanía azotada por oleadas de crímenes y de atentados, y otras de esta naturaleza.

En este orden de cosas, y como ex institutano, me llama la atención lo que sucede en el Instituto Nacional y las respuestas y actitudes de los estudiantes. Ante jóvenes que lanzan centenares de bombas molotov (artefactos semi bélicos, o si se quiere bélicos enteros) desde los tejados del edificio, y carabineros que se sitúan en el lugar para impedirlo, después de una demora sideral, los estudiantes alegan por las irrupciones policiales diciendo que el colegio parece una cárcel. En realidad, lo que el colegio parece es una mezcla de revolución y guerra civil desde hace un buen rato.

En mi época el Instituto era un edificio casi colonial con sus instalaciones en estado deplorable. Hoy en día, es un edifico bastante moderno. Sin embargo, los estudiantes tienen como motivo de sus discrepancias y razón para tomarse el colegio, lo inadecuado de la infraestructura. Además, se meten en lo que debiera o no enseñarse, lo que agrega insulto a la herida, ya que no sólo no se respetan las formas, sino que ellos se creen interlocutores válidos para decidir lo que conviene o no en términos educativos. En resumen, se ha trastocado el orden de crecimiento. Son los adultos, con capacidad de discernimiento los que conforman las mallas curriculares y deciden a través de las instituciones respectivas, lo que hay que hacer con la educación. Si esto no está bien hecho, son las instituciones y las iniciativas de Reforma -reformas en serio- las que se deben encargar vía leyes, iniciativas y proyectos.

Los estudiantes, a los que les faltan años de enseñanza y de formación, no pueden decidir lo que hay o no hay que hacer. Es decir, no son ciudadanos, solamente seres humanos en vías de serlo, y hasta que no llegue esa hora-como mínimo ser egresado de la enseñanza secundaria y ojalá algunos años más- sólo pueden elevar sus inquietudes donde corresponde. Y, por ningún motivo, pueden recurrir a las armas, la violencia, que, por consideraciones de corrección política, no puede ser reprimida. Lo que es lamentable, es que no se observa una reacción, de parte de los mismos estudiantes, de contrarrestar a los violentistas, que no son más de 20 ¿Cómo no se organizan unos 100 y los someten? Una táctica bien conocida por los políticos amantes de las revoluciones, donde unos pocos someten a los muchos. Sin embargo, al menos en tiempos de paz, si se puede llamar así, para eso está el Estado que tiene el monopolio del uso de la fuerza. O más bien, la tenía, ya que le ha salido competencia donde menos se esperaba.

Es hora de normalizar el Instituto… y varias cosas más. 


Enrique Goldfarb