​La Haya sin firma

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Enrique Goldfarb 1SEMANA

Si hay algo fundamental para garantizar un compromiso es la firma del documento por las partes. Por algo, en esa profesión tan importante, como son los notarios, éstos registran “firmó ante mí”. Con ello una de las partes puede exigir a la otra, a través del debido proceso por supuesto, que cumpla lo prometido.

O sea, existe un necesario ceremonial que garantiza que los involucrado se han dado el tiempo para pensar lo que van a asumir. Los tratados de paz sí que van acompañados de las respectivas firmas, garantizadas no por notario, sino que casi hasta por Dios mismo.

También los romances entre un hombre y una mujer pueden tener distintos derroteros, desde casamientos el primer día, hasta zigzagueos de una u otro que finalmente pueden no conducir al sagrado vínculo. Pero, aunque se hayan jurado amor eterno, el matrimonio(civil) pasa por la firma, no solo de los contrayentes, sino de dos testigos para que nadie diga después que le falsificaron la firma.

Me parece que este ha sido el caso del juicio que mantenemos en La Haya. Independientemente de las promesas que Chile le pueda haber hecho a Bolivia, no hay formalidad ninguna, indispensable para que se entre en las concesiones, que dicho sea de paso, pasa por tantas interrogantes y condiciones que debería ser otro tratado de paz. Como aparte del de 1904, no existe esa pieza jurídica, nadie puede obligar a Chile a nada, salvo lo que su propia voluntad lo motive a hacerlo.

Por eso me parece ridículo que el tribunal haya siquiera aceptado este caso, ya que está desprovisto de la parte esencial: la hoja que diga que Chile accede a darle salida soberana al mar, hoja que por lo demás debe estar debidamente rubricada. O que por lo menos diga que Chile se compromete a mantener conversaciones que conduzcan a ese fin. Eso no quita que existan esas conversaciones y buena voluntad, pero debe nacer de las partes.

Me parecería razonable, o al menos aceptable, si el tribunal fuera garantía de debidos procesos y de sentencias con lógica jurídica inapelable. Como existen fundadas sospechas (la milla 80 con Perú) que el tribunal pudiera no fallar en derecho sino lo que crea políticamente correcto, popular o salomónico, o incluso, lo que se le antoje, disfrazado con elegante retórica, es que nuestro sometimiento a su dictamen nos deja en una posición incómoda. Como estar en un lugar en el que nunca debiéramos haber estado y en una causa que nunca debió haber existido.


Enrique Goldfarb

Economista