La inteligencia artificial está reordenando silenciosamente el mapa ideológico del comercio global. La IA altera los incentivos económicos de tal manera que incluso los gobiernos más inclinados al proteccionismo están descubriendo que, para aprovechar sus beneficios, necesitan algo que siempre han resistido: más apertura.
Según The Economist, la paradoja se explica por la naturaleza misma de la IA. A diferencia de los bienes tradicionales, la IA depende de tres insumos que no respetan fronteras: talento, datos y hardware especializado. Ninguno de estos puede escalarse de manera eficiente dentro de un país que decide aislarse. La IA es, por diseño, una tecnología global, y cualquier intento de domesticarla dentro de límites nacionales termina reduciendo su potencia económica.
Esto está generando un fenómeno inesperado: los proteccionistas se están volviendo, de facto, defensores de la apertura, no por convicción ideológica, sino por necesidad estratégica. Para entrenar modelos competitivos, los países necesitan importar chips avanzados, atraer ingenieros y acceder a grandes volúmenes de datos. Las barreras comerciales, lejos de proteger la industria local, la asfixian.
El caso más evidente es el de Estados Unidos. Mientras la administración Trump ha impulsado aranceles y restricciones comerciales en múltiples sectores, la presión de las empresas tecnológicas y del propio ecosistema de innovación ha obligado a flexibilizar ciertos controles para no frenar el avance de la IA. La contradicción es evidente: se quiere contener a China, pero al mismo tiempo se necesita su capacidad productiva para sostener la cadena de suministro de semiconductores y hardware avanzado.
Europa enfrenta un dilema similar. Su marco regulatorio, más orientado a la cautela que a la competencia, ha generado un entorno donde la protección del consumidor convive con la dependencia tecnológica. Para desarrollar IA propia, la región necesita abrirse más, no menos. La alternativa es resignarse a importar innovación desde Estados Unidos y Asia.
La ironía es que la IA, una tecnología que muchos temían que reforzaría el poder de los Estados, está empujando en dirección contraria: hacia una mayor interdependencia. La lógica económica es contundente. Los modelos de IA se benefician de economías de escala globales, donde el costo marginal de reproducir un servicio es prácticamente cero. En ese contexto, cualquier barrera comercial genera pérdidas netas para todos los involucrados.
Pero esta apertura forzada no elimina los riesgos. La dependencia tecnológica puede convertirse en vulnerabilidad geopolítica. La concentración de capacidades en pocos países —Estados Unidos, China y, en menor medida, Corea y Taiwán— deja a las economías emergentes en una posición incómoda: necesitan integrarse para no quedar rezagadas, pero esa integración puede aumentar su exposición a presiones externas.
Para Chile y América Latina, el mensaje es claro. La IA no es un lujo ni una moda: es un componente estructural del crecimiento futuro. Intentar desarrollarla de manera aislada sería un error estratégico. La región debe insertarse en las cadenas globales de talento, datos y hardware, y al mismo tiempo construir capacidades propias que reduzcan la dependencia crítica.
La IA está redefiniendo el comercio internacional, y lo está haciendo con una fuerza que desborda las categorías tradicionales. En este nuevo escenario, el proteccionismo ya no protege, y la apertura ya no es una opción ideológica, sino una condición para competir. La pregunta no es si debemos integrarnos, sino cómo hacerlo sin perder autonomía. Esa será la verdadera batalla económica de los próximos años.
Alfredo Barriga
Profesor UDP
Autor del libro “Presente Acelerado: la Sociedad de la Inteligencia Artificial y el urgente rediseño de lo humano”, en Amazon.com