En el contexto del Día Mundial de la Salud Mental, que se conmemora este 10 de octubre, especialistas recuerdan que la obesidad y la salud mental no deben abordarse como problemas separados. La evidencia científica muestra una relación de doble vía: las personas que viven con obesidad tienen mayor riesgo de desarrollar depresión y, a su vez, la depresión puede aumentar la probabilidad de desarrollar obesidad. Un metaanálisis de estudios longitudinales encontró que las personas con obesidad tienen 55% más riesgo de depresión a lo largo del tiempo; en paralelo, quienes viven con depresión presentan 58% más probabilidad de desarrollar obesidad
El llamado cobra especial relevancia en Chile. La duodécima ronda del Termómetro de la Salud Mental, elaborado por la Asociación Chilena de Seguridad (Achs) y el Centro UC de Encuestas y Estudios Longitudinales, muestra que los indicadores de salud mental alcanzaron su nivel más preocupante desde 2022: un 18,5% de la población presenta sospecha o presencia de problemas de salud mental, 5,8 puntos porcentuales más que en 2025. Los síntomas de depresión moderada o severa llegan al 16,2%, la tasa más alta de los últimos cuatro años, con una marcada brecha de género: 20,5% en mujeres frente a 11,6% en hombres. La ansiedad moderada o severa, en tanto, afecta al 17,9% de los encuestados.
El vínculo entre obesidad y depresión no puede explicarse solo por el peso ni por decisiones individuales. Estudios que utilizan datos genéticos para explorar causalidad sugieren que la obesidad puede ser un factor de riesgo causal para depresión. Otros análisis también han observado que distintos perfiles de obesidad se asocian con diferencias en salud mental y calidad de vida, lo que refuerza la necesidad de evaluar a cada persona de manera integral.
“Parece que el factor clave en este vínculo no es tanto el Índice de Masa Corporal, sino la alteración metabólica”, señala la psicóloga clínica Núria Pujol, del Hospital Clínic de Barcelona. Factores como inflamación crónica, estrés y desregulación del cortisol pueden conectar el exceso de grasa abdominal con el malestar emocional. No se trata de voluntad, sino de una interacción compleja entre metabolismo, conducta, entorno y salud mental.
Estrés, inflamación y estigma: un círculo que importa
La evidencia científica actual muestra que el exceso de grasa corporal, especialmente abdominal, puede favorecer un estado de inflamación crónica. A su vez, el estrés sostenido puede alterar sistemas hormonales vinculados al cortisol, una hormona que participa en la respuesta del organismo ante situaciones de amenaza o presión.
Cuando estos mecanismos se mantienen en el tiempo, pueden influir en el estado de ánimo, el sueño, el apetito y la conducta alimentaria. El sueño, de hecho, es una de las alertas más recientes en el país: según el Termómetro Achs-UC, la proporción de personas con insomnio moderado o severo pasó de 8,6% a 14,3% en solo un año. Esto no significa que todas las personas con obesidad tendrán un problema de salud mental, ni que toda condición emocional derive en obesidad. Significa que existe una relación compleja que debe ser evaluada con seriedad médica y sin culpa.
El estigma también importa. Los prejuicios asociados al peso pueden afectar la autoestima, retrasar la búsqueda de atención médica y dificultar el autocuidado. Comentarios centrados en “voluntad”, “disciplina” o “falta de control” pueden aumentar la vergüenza, el aislamiento y la frustración. Un riesgo no menor en un contexto donde un 21,9% de los chilenos percibe altos niveles de soledad, el registro más alto desde 2021, y solo un 36% siente contar con un alto apoyo social.
Conducta alimentaria y salud emocional
En algunas personas, la obesidad puede coexistir con depresión, ansiedad o trastornos de la conducta alimentaria. Pujol advierte que estos cuadros pueden pasar desapercibidos si la consulta se concentra solo en peso, dieta o actividad física. “Cuando la obesidad y la depresión se encuentran, suelen adoptar una forma específica: la depresión atípica, con aumento del apetito y del peso, exceso de sueño y sensación de pesadez física”, describe.
También es importante identificar trastornos de la conducta alimentaria. Según Pujol, uno de cada tres pacientes con obesidad que buscan tratamiento puede presentar un trastorno alimentario. Entre ellos, el trastorno por atracón es uno de los más frecuentes. Algunas personas describen el “ruido alimentario” como pensamientos persistentes sobre la comida que interfieren con su bienestar cotidiano.
Este fenómeno no debe interpretarse como falta de voluntad. Puede estar relacionado con circuitos cerebrales de recompensa, regulación emocional, estrés y estigma. Por eso, el abordaje requiere evaluación profesional y acompañamiento psicológico cuando corresponda.
Tratamiento integral, no soluciones aisladas
La evidencia científica muestra que el tratamiento de la obesidad no debería basarse únicamente en la indicación de “comer menos y moverse más”. La obesidad es una enfermedad crónica, sistémica y multifactorial que requiere una mirada integral.
“La obesidad es una enfermedad sistémica crónica que requiere equipos multidisciplinarios donde psicólogos, nutricionistas y médicos trabajen en conjunto”, sostiene Pujol. El objetivo, explica, no debe ser solo reducir un síntoma físico o una conducta alimentaria, sino trabajar también los aspectos cognitivos y emocionales que afectan el bienestar de la persona.