Sería difícil sostener que el desarrollo de la ciencia en Chile durante el siglo pasado fue una iniciativa diseñada, planificada o siquiera anticipada. Más bien, el desarrollo científico del siglo XX fue fortuito e intermitente, aunque con variaciones entre disciplinas. Esta trayectoria se explica, en parte, porque a lo largo de gran tramo del siglo no existió una institucionalidad que asumiera la responsabilidad de diseñar e implementar una política científica.
Uno de los procesos en que esa ausencia se hizo evidente fue la llegada de la astronomía internacional a Chile en la década de 1960. Hoy, esta disciplina es una de las que más orgullo despierta entre las autoridades y la ciudadanía, y suele salir a la palestra como ejemplo del flamante y sui generis desarrollo científico nacional. En el marco del Día Nacional de las Ciencias, vale la pena recordar algunos matices de ese proceso.
El desarrollo de la astronomía fue fragmentado e intermitente; procesos clave no estuvieron directamente vinculados entre sí. Desde mediados del siglo XIX hubo establecimientos e iniciativas astronómicas: primero, en el cerro Santa Lucía, donde se emplazó lo que luego sería el Observatorio Astronómico Nacional. Décadas más tarde, a inicios del siglo XX, se instaló el Observatorio Foster en el cerro San Cristóbal. Ambas iniciativas estuvieron vinculadas con organizaciones de Estados Unidos. Sin embargo, fue al aproximarse la década de 1960 cuando comenzó el crecimiento exponencial de la astronomía en el país, impulsado por la instalación de observatorios internacionales.
En ese entonces, llegaron al país organizaciones norteamericanas, europeas y soviéticas. El relato más extendido atribuye su llegada a las excelentes condiciones de observación. La explicación es válida: efectivamente, nuestro país tiene condiciones espectaculares para observar el cielo, al menos por ahora. Sin embargo, esa versión omite la voluntad política que permitió acuerdos con actores de distintas orientaciones ideológicas en plena Guerra Fría.
Hacer funcionar este desarrollo en ciencia básica exigió esfuerzos sustantivos, pues no había una institucionalidad que lo amparara: hubo que construirla. Las organizaciones internacionales carecían de una contraparte clara y ni siquiera existía una carrera universitaria en astronomía. El primer departamento se creó recién en 1965, en la Universidad de Chile, en gran medida como resultado de este proceso de internacionalización científica. Tampoco se había proyectado el impacto potencial de la disciplina, ni se había establecido qué era relevante investigar y qué no. Fue, en suma, una coyuntura favorable para las ciencias básicas, que se instalaron y expandieron en ausencia de una institucionalidad científica.
Al apostar por recibir esa ciencia internacional, no se había previsto la aplicabilidad de sus resultados: no se sabía que se desarrollaría la astroingeniería, que el número de astrónomos —y, más tarde, de astrónomas— se multiplicaría exponencialmente, ni que la astronomía se convertiría en una plataforma de posicionamiento del país en materia de diplomacia científica. Aun así, la apuesta se sostuvo.
La paradoja radica en que, una vez construida la institucionalidad, hemos retirado instrumentos destinados a enfrentar, precisamente, el carácter fortuito e intermitente de ese desarrollo. Esta historia se naturaliza y se ve como destinada al éxito, pero en realidad no fue planificada ni intencional. También hemos debilitado mecanismos que promovían la creatividad investigativa sin excluir aquello que no puede traducirse de inmediato en indicadores de impacto. Al mismo tiempo, queremos seguir vanagloriándonos de los logros de la ciencia chilena. Celebrarlos exige algo más que orgullo: requiere sostener las condiciones que los hicieron posibles.
Bárbara Silva, Directora de Desarrollo e Investigación College UC