Sabia Ud. que, en 1832, un leñador llamado Juan Godoy se sentó a descansar sobre un cerro de Atacama y descubrió la plata de Chañarcillo. Ese mineral financió los bancos, los ferrocarriles y las escuelas del Chile del siglo XIX. Casi doscientos años después, vuelvo a Copiapó a decir algo que suena parecido y es mucho más grande: bajo este mismo desierto está la oportunidad económica más importante de nuestra historia, y la estamos mirando con una lentitud que Juan Godoy no habría entendido.
Los números son elocuentes. El cobre marcó en agosto un récord histórico de US$6,71 la libra en COMEX; el oro superó los US$4.400 la onza; el litio sube 84% en el año. Cochilco acaba de elevar su proyección de precio a US$5,95 la libra para 2026, la más alta que haya publicado, la Cámara Minera de Chile sigue con su proyección a 6,05 US$/lb. Mi estimación, construida sobre Cochilco, el USGS y Goldman Sachs, es que la minería chilena puede generar cerca de un billón de dólares en exportaciones entre 2026 y 2035, US$946.000 millones en el escenario central, y dejarle al Estado entre US$70.000 y US$100.000 millones para financiar pensiones, salud, vivienda y educación, con ello mejorar la calidad de vida de los chilenos.
Y, sin embargo, con el mejor precio de la historia, el Banco Central proyecta que Chile crecerá entre 1,0% y 1,75% este año, y nuestra producción de cobre caerá 2,6%. La República Democrática del Congo ya produce 3,3 millones de toneladas y crece a dos dígitos. Argentina aprueba con el RIGI en meses lo que nosotros tramitamos en años, y en litio pasó de 116.000 toneladas a un camino directo hacia las 450.000 al 2030. Estados Unidos, mientras tanto, nos puso un arancel de 12,5% por no tener una ley que nunca priorizamos, firmó con Argentina un marco de minerales críticos por US$130.000 millones con precios garantizados, y a nosotros nos dejó un memorándum sin una sola cláusula vinculante. El cobre y el litio quedaron exentos, por ahora: sobre la mesa de Washington sigue la recomendación de gravar el cobre refinado con 15% en 2027 y 30% en 2028, y Chile provee el 68% del cobre que importa Estados Unidos. Ese expediente merece rango de política de Estado, pero se debe tomar en serio la minería.
El problema no es geológico. Tenemos las mayores reservas de cobre y de litio del planeta, la energía solar más barata del mundo y la institucionalidad más predecible de la región. El problema es la velocidad o agilidad: 10 a 15 años entre descubrimiento y producción, más de 380 tipos de permisos según el BID, una exploración que capta apenas el 10% del presupuesto mundial de cobre pese a nuestra riqueza. El peor impuesto no es el royalty: es el tiempo. Cada año de atraso de un proyecto de 200.000 toneladas son US$2.400 millones que se evaporan, y cada año menos de tramitación de la cartera vigente adelanta del orden de US$10.000 millones de inversión.
La oportunidad está escrita y tiene números. Ejecutar la cartera récord de US$104.549 millones que catastra Cochilco. Reglamentar y operar de una vez la ley de permisos sectoriales. Sumar dos a tres millones de toneladas de cobre con lixiviación de sulfuros, relaves, productividad y más exploración, para llegar a 6,5 millones al 2034 y 7,5 a 8 millones al 2040. Duplicar el litio hacia 600.000 a 800.000 toneladas. Industrializar antes de 2030: fundición moderna, alambrón, cátodos para baterías con socios que buscan cadenas fuera de China. Y formar a los 37.000 técnicos que esta década exigirá.
Y esta vez la geografía del auge pasa por Atacama más que nunca. Los nuevos salares de la estrategia del litio, Altoandinos, de ENAMI y Rio Tinto, con US$3.200 millones de inversión estimada, y Maricunga, cuyo contrato definitivo se firmó este año, están en esta región, igual que buena parte de los relaves con cobre, cobalto y tierras raras que la tecnología moderna ya permite reprocesar. Si esta década se hace bien, Atacama no será solo la cuna de la minería chilena: será su segunda fundación. Pero el éxito habrá que medirlo también en el índice de desarrollo humano de Copiapó, Vallenar, Chañaral y Diego de Almagro, en sus liceos técnicos, sus hospitales y sus salarios, no solo en toneladas embarcadas. La renta minera que no se convierte en desarrollo permanente se convierte en préstamo.
Atacama conoce mejor que nadie los dos finales posibles de esta historia. Chañarcillo fue auge y también agotamiento: cuando la plata se acabó, no habíamos construido lo que venía después. Hoy la ventana vuelve a estar abierta, precios récord, déficit estructural de metales, un mundo que necesita exactamente lo que tenemos, y las ventanas se cierran. Los proyectos que se decidan este año producirán entre 2032 y 2035, cuando nadie garantiza estos precios.
La geología nos hizo potencia mundial; solo la velocidad y agilidad empresarial nos mantendrá siéndolo. Que la década del billón de dólares no nos encuentre, otra vez, mirando el superciclo desde el balcón, y volvamos a tener el síndrome del salitre, y la plata de Chañarcillo, y con nuestro cobre que solo fue un sueño que lo dejamos pasar.
Por: Dr. Manuel Viera Flores
Presidente de la Cámara Minera de Chile CEO Metaproject Group