La educación superior chilena ha cambiado crucialmente durante los últimos años. Hoy existen muchas más alternativas para estudiar y conviven en las aulas estudiantes con edades, experiencias laborales y trayectorias educativas cada vez más diversas. Sin embargo, mientras se ha avanzado en ampliar las posibilidades de ingresar al sistema, queda la pregunta sobre lo que ocurre después, cuando una persona quiere continuar formándose y descubre que el camino recorrido no es siempre reconocido.
Los datos del Informe de Matrícula 2026 ilustran esta transformación. La matrícula de pregrado alcanza 1.372.167 registros, un 3,5% más que el año anterior y un 13% por sobre el 2022. De ese total 759.045 corresponden a universidades (un 55,3%); 509.357 a Institutos Profesionales (un 37,1%); y 103.765 a Centros de Formación Técnica (un 7,6%). Así, cerca del 45% de las matrículas de pregrado están hoy fuera de las universidades obligando a mirar la educación superior de otra manera: universidades, IPs y CFTs ya no constituyen espacios marginales entre sí, sino partes de un mismo sistema que atiende a estudiantes con propósitos diferentes. Sin embargo, esa diversidad no siempre viene acompañada de mecanismos que permitan conectar las trayectorias que se despliegan dentro de ella.
Una persona puede comenzar con un título técnico, continuar después una formación profesional y más adelante, aspirar a estudios universitarios. Se trata de un recorrido que sobre el papel parece razonable, pero que en la práctica suele significar nuevas postulaciones, convalidaciones parciales e incluso volver a cursar aprendizajes ya adquiridos. El problema no radica en que existan instituciones diferentes, porque esa diversidad constituye una fortaleza del sistema, dado que universidades, IPs y CFTs poseen propósitos distintos y esa diferenciación permite responder a necesidades formativas también distintas. La dificultad surge cuando esas diferencias se transforman en fronteras que entorpecen la continuidad de las trayectorias, algo que gana creciente relevancia porque el sistema sigue creciendo: en 2026 se registran 371.067 matrículas de primer año de pregrado, un 2,6% más que en 2025 y un 16,5% por sobre lo observado en el 2022. Esta dinámica obliga a considerar las reales posibilidades para los estudiantes de construir nuevas etapas sobre lo ya adquirido.
Aparece aquí un concepto que probablemente ganará importancia en los próximos años: el de la articulación. Esto no significa que todas las instituciones deban parecerse ni que desaparezcan las diferencias entre formación técnica, profesional y universitaria. Tampoco se trata de convertir a la educación superior en un sistema automático de convalidaciones. Se trata de desarrollar mecanismos que reconozcan los aprendizajes previos y diseñar trayectorias que puedan conectarse vía una suficiente equivalencia académica.
Eso lleva también a revisar cómo se definen los protocolos para el reconocimiento académico, lo cual no puede consistir únicamente en comparar nombres de asignaturas u horas cursadas, En efecto, dos programas con denominaciones diferentes pueden desarrollar aprendizajes equivalentes, mientras otros aparentemente similares pueden responder a niveles de profundidad distintos. Así, conviene avanzar hacia mecanismos que observen los resultados de aprendizaje, manteniendo estándares exigentes y procesos de aseguramiento de la calidad.
La transformación tecnológica añade urgencia a esta discusión, porque la inteligencia artificial, la automatización y los cambios en las formas de trabajo aumentan la necesidad de aprender durante toda la vida. De este modo, resulta difícil imaginar que una sola credencial obtenida al inicio de la trayectoria profesional baste para varias décadas futuras de cambios laborales. Por su parte, las instituciones tendrán que acostumbrarse a recibir estudiantes con aprendizajes construidos en otros lugares, algunos provenientes de universidades, otros de IPs o CFTs y aún otros que regresan tras años de experiencia laboral o acumulan certificaciones.
Todo esto plantea un gran desafío para las propias instituciones: seguirán compitiendo por estudiantes, prestigio y pertinencia, sin que haya algo negativo en ello, pues la competencia puede estimular innovación. Pero la dificultad aparece cuando las trayectorias se organizan principalmente al interior de cada institución y persisten barreras para reconocer lo aprendido fuera de sus propias aulas. Por eso, el siguiente paso probablemente no consista únicamente en crear nuevas carreras o hacerles innovación curricular, sino en construir mejores conexiones entre las ya existentes, mediante convenios de articulación y trayectorias acumulables, siempre que mantengan estándares exigentes y coloquen a los estudiantes por encima de la simple equivalencia administrativa.
Durante mucho tiempo medimos la expansión de la educación superior sólo preguntándonos cuántas personas lograban ingresar y luego empezamos a preocuparnos, con razón, sobre cuántas permanecían y conseguían titularse. La evolución actual del sistema añade una tercera pregunta: ¿cuántas pueden seguir aprendiendo sin perder lo ya construido?
Con cerca del 45% de la matrícula de pregrado fuera de las universidades, pensar la educación superior desde instituciones separadas resulta cada vez menos consistente con la realidad. Porque una educación superior verdaderamente articulada no es aquella en que universidades, IPs y CFTs terminan haciendo lo mismo, sino aquella en que sus diferencias permiten construir trayectorias complementarias. El futuro del sistema dependerá, en definitiva, no solamente en ampliar el acceso, sino de permitir que quienes ya ingresaron sigan construyendo sobre lo aprendido, sin que avanzar hacia una nueva etapa formativa signifique comenzar nuevamente desde cero.
Prof. Luis A. Riveros, Profesor Emérito, Universidad de Chile
Prof. Nassib Segovia, especialista en educación superior, académico UNIACC