​Estrategia en el debate universitario

Educación Rural Siglo XXI: Aprender para transformar el territorio.

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Nassib Segovia Luis Riveros


Hay una pregunta que pocas veces aparece en los diagnósticos sobre educación rural: ¿qué ocurriría si dejáramos de medirla por lo que le falta y se reconocen sus principales fortalezas? En una columna anterior (diarioestrategia.cl 31.07.26) sostuvimos que la inteligencia artificial puede transformarse en una oportunidad para fortalecer la educación rural, una reflexión que conduce naturalmente a una segunda interrogante: si la tecnología está cambiando la manera de aprender es preciso preguntarse qué hace verdaderamente distinta a una escuela rural.


Durante décadas, la educación rural fue analizada principalmente desde sus carencias, de modo que las distancias geográficas, la dispersión de las comunidades, la menor disponibilidad de recursos y las dificultades de conectividad ocuparon legítimamente el centro del debate, instalando al mismo tiempo la idea de que ofrecer una educación de calidad dependía, en gran medida, de lograr que la escuela rural se pareciera lo más posible a la urbana, una premisa que quizás hoy merece ser revisada.


La principal fortaleza de la educación rural se encuentra precisamente en aquello que la distingue. En efecto, su ventaja no radica en enseñar contenidos diferentes, sino en ofrecer un entorno donde el aprendizaje se vincula de manera natural con problemas reales y necesidades específicas de la comunidad. Se trata de una forma de entender que la investigación educativa reconoce como aprendizaje auténtico aquello que permite a los estudiantes construir conocimiento enfrentando situaciones reales, integrando distintas disciplinas y comprendiendo que aquello que aprenden tiene un propósito que trasciende la sala de clases. En una escuela rural, el territorio ofrece esas oportunidades, porque la gestión del agua, la conservación de los ecosistemas, la producción agrícola, el patrimonio cultural, la prevención de incendios o el fomento del turismo local, dejan de ser únicamente características del entorno. En efecto, esos temas levantan desafíos que los estudiantes pueden comprender, investigar, y abordar desde distintas perspectivas, integrando conocimientos que difícilmente podrían tratarse con la misma profundidad a partir de situaciones descontextualizadas. Por cierto, un reto se refiere al diseño de enfoques y contenidos curriculares vinculados activamente con esta apreciación de aplicaciones y desarrollos vinculados con el medio.


En ese contexto, la IA amplía las posibilidades de ese aprendizaje al facilitar el acceso y análisis de información que hasta hace pocos años resultaba difícil de obtener, permitiendo que los estudiantes comprendan mejor los desafíos de su territorio y desarrollen propuestas sustentadas en evidencia para responder a necesidades concretas de sus comunidades, incorporándose así al proceso educativo como una herramienta para fortalecer el aprendizaje y contribuir al desarrollo local.


El mayor cambio, sin embargo, trasciende al ámbito pedagógico. Durante mucho tiempo asumimos que la principal misión de la escuela era preparar a los niños para continuar sus proyectos de vida fuera del territorio donde nacieron. Hoy también es legítimo preguntar hasta qué punto pueden contribuir al desarrollo de sus mismas comunidades; cuando participan en iniciativas de gestión del agua, conservación ambiental, innovación agrícola, patrimonio cultural o emprendimiento local, no solo fortalecen los aprendizajes, sino que generan información, desarrollan capacidades y construyen redes de colaboración con municipios, organizaciones sociales, cooperativas y pequeñas empresas, convirtiéndose en un actor que aporta directamente al desarrollo territorial. Naturalmente, esto no ha de excluir la consideración de información relativa a la realidad nacional social, cultural, política y económica en el que ocurre el desarrollo local.


Vista desde esa perspectiva, la discusión deja de centrarse en si acaso la educación rural necesita un currículo diferente y comienza a explorar el aprovechamiento del gran potencial educativo del territorio, entendiendo que éste no constituye únicamente el lugar donde se emplaza la escuela, sino el espacio donde el conocimiento adquiere sentido, se transforma en aprendizaje y puede generar valor para la comunidad. Eso requerirá de un profesor que oriente la búsqueda, precise las temáticas, comparta la visión de un mundo que debe conocerse mejor para que así la educación cumpla su rol fundamental. Así, se levanta un reto vital para las instituciones formadoras, las cuales deben innovar para formar más bien guías de búsqueda que simples expositores de contenidos fijos.


Durante mucho tiempo se ha intentado que la escuela rural se parezca cada vez más a la urbana, cuando la verdadera oportunidad debe estar en reconocer aquello que la hace diferente, porque allí donde el aprendizaje se construye a partir de los desafíos del territorio, el conocimiento deja de ser un contenido abstracto para convertirse en una herramienta capaz de comprender la realidad, fortalecer a las comunidades y contribuir a su desarrollo. Eso nos recuerda que la calidad de la educación no depende únicamente de lo que se enseña, sino también de la capacidad de conectar ese aprendizaje con la vida de las personas. Tal vez uno de los mayores aportes de la educación rural consista precisamente en demostrar que una escuela puede formar estudiantes, fortalecer comunidades y ayudar a construir futuro desde el territorio donde está inserta.


Prof. Luis A. Riveros, Profesor Emérito, Universidad de Chile

Prof. Nassib Segovia, especialista en educación superior, académico UNIACC

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