​El cobre: memoria y futuro de Chile

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Francisco Lecaros

Cuando pensamos en patrimonio, solemos imaginar iglesias antiguas, edificios históricos, ascensores, barrios tradicionales o monumentos que forman parte de nuestra memoria colectiva. Y está bien que así sea. El patrimonio habla de aquello que una sociedad decide conservar porque considera que cuenta algo importante sobre quiénes somos. 


Pero existen también otros patrimonios, menos visibles, que no siempre aparecen en las postales ni en los recorridos turísticos, aunque hayan moldeado profundamente la historia de un país. Nuestro cobre es uno de ellos.


El cobre no solo ha sido el principal recurso económico de Chile, también es parte de nuestra identidad, nuestro paisaje y la forma en que el país se construyó durante gran parte del último siglo.


Hay ciudades enteras cuya historia nació y se desarrolló alrededor de la minería. Familias completas cuya movilidad social estuvo ligada al trabajo minero. Campamentos, sindicatos, universidades técnicas, rutas ferroviarias y comunidades que crecieron al ritmo de una industria que, silenciosamente, fue moldeando el Chile moderno.


Muchas veces hablamos del cobre únicamente desde las exportaciones, el crecimiento o las cifras macroeconómicas. Pero pocas veces nos detenemos a pensar cuánto de nuestra historia cotidiana y de nuestro país está vinculado a él.


El cobre ayudó a electrificar ciudades, financiar infraestructura, expandir capacidades productivas y abrir oportunidades para miles de personas en distintas regiones del país. De alguna manera, también ayudó a construir una cierta idea de Chile: un país capaz de dialogar con el mundo desde sus recursos, su estabilidad y su capacidad productiva. Y quizás, es por eso que pocos países están tan profundamente asociados a un recurso natural como Chile al cobre.


Sin embargo, lo más interesante es que esta historia no pertenece sólo al pasado. En pleno siglo XXI, cuando el mundo enfrenta el desafío de avanzar hacia una transición energética más limpia y sostenible, el cobre vuelve a ocupar un lugar central. La electromovilidad, las energías renovables, las redes eléctricas y buena parte de la infraestructura tecnológica que hoy sostiene la transformación global requieren cobre.


El mineral que ayudó a construir buena parte del Chile del siglo XX hoy vuelve a ser clave para construir el país del siglo XXI. Eso abre una oportunidad histórica para el país y también para América Latina. Pero junto con la oportunidad aparece una pregunta mucho más profunda, el qué queremos hacer con ella.


El verdadero desafío hoy ya no es únicamente extraer minerales, es transformar esa riqueza en desarrollo sostenible, innovación, conocimiento, capacidades humanas, empleabilidad y bienestar para las comunidades.


En otras palabras, convertir una riqueza geológica en un patrimonio para el futuro. Tal vez ahí está la conversación que deberíamos tener este Día del Patrimonio. Entender que algunos patrimonios no permanecen quietos en un museo, ni son sólo un objeto de admiración. Algunos siguen latiendo bajo la cordillera, conectando nuestra memoria con las posibilidades de crecimiento y futuro.


 Francisco Lecaros, 

presidente de la Alianza Minera de América Latina (ALMA)

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