A pocas semanas de asumida la nueva administración de gobierno, hay señales de impaciencia popular y una actitud crítica que se esparce respecto las múltiples materias comprometidas en el programa. Prevalece aquí el desasosiego natural de quienes han sufrido los embates de problemas que, como la delincuencia, afectan al común de la población. Se exige respuestas y soluciones rápidas a un asunto que se ha establecido firmemente y por infortunio en nuestra sociedad. Cierta prensa y comentaristas políticos colaboran a acrecentar esta ansiedad manifiesta de una sociedad profundamente maltratada por la existencia del delito extendido en forma generalizada. Sin embargo, nadie podría esperar una solución en pocas semanas a un problema asentado durante varios años afectando nuestra forma de vida y la deseada tranquilidad en nuestras calles y casas. Como ésta, hay situaciones que se prometió atacar y que todavía, en la mente del ciudadano, permanecen en lo esencial luego de asumido el nuevo gobierno. Aquí están cosas como el narcotráfico, la inmigración ilegal y la creación de verdaderos apharteid en parte de nuestro territorio. Los inicios de la aplicación de nuevas políticas en estos campos, como es el reforzamiento del trabajo de vigilancia policial, el inicio de la construcción de la zanja en el extremo norte y las operaciones policiales en Temucuicui son señales y avances concretos pero que no igualan a las expectativas que prevalecen. Lo mismo respecto a la violencia en centros educativos, penosa situación cuyos orígenes está fuera de los establecimientos, pero que les afecta y con ello la seguridad de los miembros de la comunidad escolar. Todo esto evidencia, además, como se venía asentando una cierta cultura de la violencia en nuestra sociedad, que ha pretendido transformarla en un medio reivindicativo en cuyo combate se deben emplear medios muy firmes con alcance, sin embargo, limitado. La violencia debe erradicarse desde el hogar mismo, desde los centros comunitarios, de la mente de nuestros jóvenes. Todo esto toma tiempo.
Pero, además, la nueva administración se ha encontrado con un panorama financiero fiscal en extremo deteriorado. Ya se sabía sobre el creciente déficit y su repercusión en la expansión de la deuda pública. Pero todas las estimaciones parecen haber quedado cortas respecto de la situación real prevaleciente, lo que ha obligado a instaurar un programa de recortes basado, esencialmente, en optimizar las funciones sin dañar aspectos vitales en materia social. Esto ha requerido un trabajo cuidadoso, que toma tiempo pero que debe rendir frutos en la dirección de reducir gasto para disminuir déficit. Al mismo tiempo, en la necesidad de mirar hacia el futuro y redoblar esfuerzos en materia de crecimiento económico y disminución del alto desempleo prevaleciente durante un largo período de tiempo, se discute una ley destinada a disminuir la carga tributaria y estimular así el ahorro y la inversión. Una apuesta riesgosa, puesto que en el intertanto disminuirán los ingresos y hará necesario un aún mayor esfuerzo fiscal. De nuevo, en este terreno operará el factor tiempo, para que las medidas de política económica se reflejen en resultados. La discusión del proyecto de ley respectivo no debe dejar de lado los objetivos centrales y aportar a la mejora de las medidas propuestas.
Nuestra sociedad se ha ido convirtiendo en una de tipo “inmediatista” y esto se utiliza para fomentar, por parte de algunos, la protesta. Pero el factor tiempo es una variable crucial para considerar la efectividad de todo tipo de medidas. Aquí no ayuda el debate político que se ha observado, más motivado por desarrollar una guerrilla de declaraciones y creación de sospechas, que en formular aportes concretos para mejorar el diseño y acelerar la efectividad de las medidas en consideración. Muchos intentan estimular la impaciencia de la gente por soluciones prontas, aún a costa de crear mayores problemas para el avance de las soluciones. Es también cierto que el gobierno no ha dado señales de total consistencia en la nominación de autoridades ni en la formulación de algunas medidas. Pero al menos en el campo económico, tan decisivo para el futuro del país, se observa consistencia y la decisión de discutir, más allá de subterfugios procedimentales y el uso de slogans repetitivos, lo necesario para un proyecto que minimice el tiempo requerido para su efectiva maduración.
Prof. Luis A. Riveros
Emérito Universidad de Chile