​El Hantavirus y la crisis de lo que no vemos: la bioseguridad se instala como prioridad estratégica para las empresas

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El reciente brote de Hantavirus registrado en el crucero científico MV Hondius —que dejó 7 casos positivos y tres fallecidos— encendió las alertas internacionales sobre un riesgo biológico que muchas industrias todavía subestiman. Lo que parecía una emergencia sanitaria aislada hoy abre una discusión más profunda sobre continuidad operacional, gestión de riesgos y reputación corporativa.


Para Sebastián Fuentes, director técnico Latam de Rentokil Initial, el episodio demuestra que las amenazas invisibles pueden tener impactos tan severos como una crisis tecnológica o un ciberataque.


“El caso del MV Hondius demuestra la fragilidad de la continuidad operacional cuando se descuida la gestión sanitaria. Un riesgo biológico invisible puede desencadenar consecuencias humanas, operacionales y reputacionales incalculables”, afirma Fuentes.


Esta situación adquiere especial relevancia en Chile, sobre todo en zonas rurales y precordilleranas, debido al mayor riesgo por la presencia del roedor reservorio del virus Hanta. En consecuencia, sectores como logística, turismo, retail alimentario y transporte ven incrementada su exposición a riesgos sanitarios ante la constante circulación de personas y mercancías

Según explica Fuentes, el Hantavirus se transmite principalmente por inhalación de partículas contaminadas por el roedor vector. Y aunque la Organización Mundial de la Salud calificó el brote del crucero como “grave, pero contenido”, existe una preocupación adicional vinculada a la cepa Andes, reconocida por su posible transmisión entre humanos en espacios cerrados y de contacto estrecho.


“Un roedor en una bodega, un centro de distribución o una instalación hotelera ya no es solo una molestia operacional. Puede transformarse en el detonante de cierres temporales, interrupciones logísticas y una exposición mediática capaz de destruir años de construcción de marca”, sostiene el ejecutivo.


De gasto operativo a inversión estratégica


En medio de un escenario global marcado por el aumento de la globalización y los efectos del cambio climático sobre los ecosistemas, la bioseguridad comenzó a abandonar su histórico rol secundario dentro de las compañías.


Lo que antes era visto como un simple requisito sanitario o una obligación regulatoria, hoy se instala como un componente estratégico dentro de la gestión empresarial.


“La prevención sanitaria ya no puede ser reactiva. Debe convertirse en una estrategia proactiva de bioseguridad, al mismo nivel que la ciberseguridad o la continuidad tecnológica”, explica Fuentes.


Desde Rentokil Initial aseguran que las empresas chilenas están elevando sus estándares preventivos, impulsadas por la necesidad de proteger tanto sus operaciones como la confianza de consumidores e inversionistas.


El foco, agrega el ejecutivo, está en la Gestión Integrada de Plagas (GIP), un modelo que combina evaluación de riesgo del entorno, monitoreo permanente, soluciones de exclusión y protocolos de bioseguridad de desinfección.


“Reducir las condiciones favorables de desarrollo y acceso del vector en las instalaciones es reducir el riesgo para la continuidad del negocio. La experiencia demuestra que invertir en prevención técnica es considerablemente menos costoso que enfrentar una crisis sanitaria, litigios o daños reputacionales”, enfatiza.


La nueva continuidad operacional


La pandemia redefinió la manera en que las compañías entienden el riesgo. Hoy, la continuidad operacional no depende únicamente de la infraestructura tecnológica o financiera, sino también de la capacidad de anticipar amenazas sanitarias.

En ese contexto, expertos coinciden en que la bioseguridad dejó de ser un asunto exclusivo de salud pública para convertirse en un eje crítico del negocio.


“La pregunta cambió: la prevención ya no es solo proteger la salud. Es proteger la continuidad del negocio”, concluye Sebastián Fuentes Zolezzi.

europapress