La decisión de Singapur de permitir castigos físicos a estudiantes varones desde los 9 años en casos graves de bullying o ciberbullying, como medida de “último recurso”, abre un debate profundo sobre el sentido formativo de la convivencia educativa. Según reportes internacionales, la medida contempla hasta tres golpes con vara, bajo autorización de la dirección y protocolos definidos.
El bullying es una problemática grave, dolorosa y urgente. Daña la salud mental, la autoestima, el aprendizaje y la vida comunitaria de miles de niños, niñas y adolescentes. Por eso, exige respuestas claras, oportunas y firmes. Sin embargo, abordar la violencia con más violencia no es el camino adecuado.
La escuela no puede transformarse en un espacio donde la fuerza se valida como mecanismo de corrección. Si un estudiante agrede, humilla o intimida a otro, la respuesta educativa debe enseñar responsabilidad, empatía, reparación y límites; no reproducir el mismo lenguaje de daño que se busca erradicar, aunque de igual forma las sanciones sí son necesarias cuando corresponden.
Toda comunidad educativa requiere normas, consecuencias y procedimientos claros. Pero una sanción escolar debe tener siempre un sentido formativo, proporcional y reparador. Castigar físicamente puede generar miedo, obediencia momentánea o sometimiento, pero difícilmente produce una transformación genuina de la conducta.
El verdadero desafío está en mirar el bullying no solo como una falta individual, sino como una señal de alerta comunitaria. Detrás de una conducta agresiva puede haber baja regulación emocional, modelos familiares violentos, ausencia de límites, necesidad de pertenencia, presión de pares o normalización del maltrato. Por eso, la respuesta debe involucrar al estudiante, a su familia, al curso y a los equipos educativos.
Prevenir y abordar el acoso escolar requiere procesos consistentes: acompañamiento a la víctima, intervención con quien agrede, trabajo con los testigos, formación socioemocional, participación activa de las familias y una cultura escolar donde el respeto no sea solo un discurso, sino una práctica cotidiana.
En tiempos donde la violencia en contexto escolar preocupa a distintos países y sobre todo a nosotros a nivel nacional, la pregunta no debiera ser cómo endurecer el castigo, sino cómo fortalecemos la formación, la reparación. Porque una escuela que responde con violencia puede imponer disciplina, pero una escuela que educa con justicia, límites y acompañamiento puede transformar vidas.
Germán Vega, Coordinador de convivencia educativa de la Red de Colegios del Arzobispado de Concepción