​Estrategia en el debate Universitario: Más allá de “acortar carreras” (II)

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De la falta de coordinación entre las lógicas académica, operativa y comercial, surge una dificultad concreta: se vuelve difícil distinguir si acaso una reducción en la duración declarada de una carrera responde a un rediseño formativo o a un puro ajuste de indicadores. Ambas posibles decisiones producen el mismo resultado estadístico, aunque con efectos distintos sobre el proceso formativo, instalando una tensión poco analizada entre eficiencia observable y efectividad formativa. Y esto ocurre en un sistema que mide duración y titulación, pero dispone de evidencia limitada sobre qué aprenden los estudiantes y cómo ese aprendizaje se traduce en valor profesional. En realidad, la discusión debería concentrase en estos aspectos de fondo sobre el diseño del currículo formativo, especialmente en cuanto a la pertinencia de la formación que se ofrece en cada campo y no sobre los años de duración de cada carrera.


Cuando los incentivos, desde el financiamiento y la obtención de años de acreditación, se apoyan en métricas de eficiencia, el comportamiento institucional tiende a alinearse sólo con lo que se pide, haciendo posible acelerar la titulación sin necesariamente mejorar los resultados formativos. Esto no implica defender la duración actual de las carreras, ya que la sobre-duración tiene costos reales que justifican intervención, pero abordarla exige distinguir entre reducir el tiempo formal y rediseñar la estructura que lo determina. Se hace entonces indispensable la mirada a la inserción profesional como factor determinante, también considerando la posible especialización a través de los estudios de postítulo y posgrado.


La evidencia comparada sugiere que los sistemas que mejor funcionan no son necesariamente aquellos más cortos en cuanto a duración de las carreras, sino aquellos mejor articulados, en la medida en que permiten trayectorias modulares, reconocen aprendizajes previos y organizan la formación en etapas con sentido propio. Por ello, las iniciativas orientadas a modernizar la estructura de títulos y grados deberían apuntar en esa dirección. El impacto de cualquier cambio dependerá de si acaso ellos alcanzan también la forma en que se organiza la progresión de los estudiantes o si se limitan a ajustar la duración nominal sin modificar las reglas que en la práctica la determinan.


Acortar la duración de las carreras puede ser una señal en la dirección correcta y por ello forma parte de la agenda que hoy impulsa el sistema. Sin embargo, el desafío es más exigente que ajustar plazos de titulación porque, mientras el diseño que organiza trayectorias largas, rígidas y poco adaptadas a la realidad de los estudiantes no se transforme, cualquier reducción seguirá operando sobre la superficie. La diferencia no está en cuántos años dura una carrera, sino en cómo ese tiempo se estructura y qué valor produce, porque sin esa distinción el riesgo no es solo hacer programas más cortos y menos formativos, sino simplemente hacer menos visible un problema que permanece intacto.


Bien haría la discusión sobre esta temática orientarse menos sobre los aspectos formales (años de duración de las carreras) y más sobre los aspectos formativos de fondo. Esto requiere dar una mirada a la realidad ocupacional de las carreras y también a las demandas prevalecientes en materia de competencias y conocimientos. Y asimismo requiere un examen sustantivo sobre la conexión entre pre y posgrado, que es la forma de proporcionar las especializaciones y respuestas a las demandas específicas y cambiantes del mundo laboral.


Prof. Luis A. Riveros, Profesor Emérito, Universidad de Chile

Prof. Nassib Segovia, académico especialista en educación superior.

europapress