Un éxito abortado

|

Luis Riveros ok

Los Liceos Bicentenario fueron un exitoso experimento llevado a cabo a partir del 2010: se propuso elevar los estándares de la educación pública con metas exigentes, envolviendo la preparación de un fuerte liderazgo directivo, con gran foco en lo pedagógico y la mejora de resultados en la educación pública. Se formuló como una visión que concebía que cualquier cambio efectivo en educación debía tomar varios años: no era posible ninguna reforma con resultados inmediatos. Poco a poco el nuevo sistema fue ganando credibilidad en la misma medida en que más colegios se adscribían al sistema. Los resultados fueron reveladores: el año 2017 la mitad de estos colegios se ubicó en el 20% superior del SIMCE de segundo medio, resultado del foco en la sala de clases, la nivelación de aprendizajes y la reenseñanza, junto a un marcado liderazgo directivo. Se percibía que las comunidades respectivas se sentían favorecidas por una educación pública de buen rendimiento.


La nueva administración de gobierno a partir de 2024 catalogó a este experimento como “elitista”, imponiendo la idea de nivelar hacia abajo que ya había sido el proemio del ocaso del Instituto Nacional y de otros colegios púbicos. Debido a esta concepción, los objetivos de poner el foco en aprendizajes, nivelación de conocimientos y liderazgo pedagógico, se sustituyeron por afirmaciones más bien conjeturales en que los propósitos pasaron a ser la inclusión, la colaboración, la confianza y la integralidad, conceptos todos que no tenían una forma directa de medir para aquilatar resultados. Así, el experimento pasó de lo pedagógico al discurso genérico de equidad de género y participación, perdiendo su foco en resultados académicos.


Al modelo se le restaron recursos: el presupuesto 2026, por ejemplo, envuelve un recorte de casi 11%; con ello se hizo perder fuerza a su implantación y extensión. Todo ello, bajo le rótulo de lograr mayor equidad, y con el objetivo de “producir conciencia”, como si ello fuera un factor para la realización individual y con un rol efectivo de lo pedagógico. El modelo, exitoso como estaba siendo, fue sustituido por una iniciativa que no enfatizaba resultados y no contenía una lógica basada en aprendizaje y rendimiento. Junto al debilitamiento de estándares y disminución del apoyo técnico, el modelo ha ido haciéndose acorde con mayor violencia escolar y un aumentado ausentismo. La implantación del modelo “tómbola” hace que los estudiantes y sus familias no enfaticen estudio y rendimiento puesto que todo estará supeditado a un resultado que depende sólo del azar. En realidad se ha relativizado la excelencia que se espera sea fruto de una educación bien llevada.


Lo mismo que en el caso del Instituto, en que se pretendió “quitar los patines” a estudiantes que mostraban resultados exitosos, no se ha optado por colocar patines a los estudiantes más desventajados, que era en el fondo el propósito de la iniciativa bicentenario. El resultado que se insinuaba exitoso después de una década de aplicación del modelo, paso a ser un éxito abortado por medio de una distinta concepción ideológica acerca del rol de la educación en nuestra sociedad.



Prof. Luis A. Riveros

Emérito Universidad de Chile

europapress