Después de que Donald Trump amenazara a ocho países europeos con aranceles como palanca para avanzar en sus pretensiones con Groenlandia -una medida que puso en jaque el futuro de la OTAN-, el dólar cayó a niveles no vistos desde junio de 2021. A estas estrategias de confrontación y diplomacia transaccional del presidente se suman sus recientes declaraciones calificando la caída del billete verde como “excelente”, lo que no hizo sino agravar el declive de la divisa.
Desde entonces, el dólar ha recuperado algo del terreno perdido gracias a señales institucionales como el tono más agresivo del Comité Federal de Mercado Abierto, la nominación de Kevin Warsh como próximo presidente de la Reserva Federal y las declaraciones del secretario del Tesoro, Scott Bessent, reafirmando el compromiso con un dólar fuerte. Sin embargo, el debate no está ni mucho menos cerrado y la inquietud de los inversores sigue estando a flor de piel. ¿Prevalece realmente una política de dólar fuerte en la Casa Blanca, o se está aplicando, de forma encubierta, una estrategia coordinada para debilitarlo?
Los defensores de esta segunda hipótesis suelen hacer alusión a las reiteradas críticas de Trump a la fortaleza del dólar. La tesis del presidente es simple: un dólar más débil favorece a la industria manufacturera, mejora la competitividad exterior y contribuye -al menos en teoría- a reducir el déficit comercial. Todos ellos son objetivos explícitos de la actual Administración, que se están persiguiendo, y de esto no cabe duda, mediante una política abiertamente proteccionista.
Otros apuntan al influyente informe de Stephen Miran, antiguo presidente del Consejo de Asesores Económicos y actual gobernador de la Fed, publicado tras la victoria electoral de Trump en 2024. En él, este estrecho aliado del presidente, al que debe buena parte de su trayectoria profesional, defiende el uso de aranceles para equilibrar la balanza comercial y propone un acuerdo ‘Mar-a-Lago’ que facilite un debilitamiento multilateral del dólar. La Casa Blanca ya ha ejecutado la primera fase del plan -los aranceles-, pero al haber caído el dólar por su propio peso, no está siendo necesario activar la segunda, por ahora.
Apartándonos de estos terrenos más especulativos, la naturaleza impulsiva de Trump y el papel de Scott Bessent como “voz de la razón” sugieren que las palabras del presidente únicamente reflejan sus convicciones personales y no representan un giro institucional formal. Esto no significa que el dólar vaya a salir indemne. La reiteración de mensajes contradictorios erosiona la credibilidad y está llevando a muchos inversores a reducir su exposición a activos denominados en dólares o, cuando menos, cubrirse frente al riesgo cambiario inherente.
En definitiva, más que una estrategia deliberada para debilitar el dólar, lo que estamos observando hoy es un equilibrio inestable entre impulsos políticos y una elevada sensibilidad del mercado a cualquier señal. El rebote reciente del dólar ha comprado tiempo. Pero mientras persista la ambigüedad en el mensaje, la pregunta seguirá sobre la mesa. Y el dólar, inevitablemente, seguirá siendo rehén de ella.
Diego Barnuevo,
Analista de mercados Ebury