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Margarita Ducci |
Nos encontramos en un punto de inflexión histórico. A sólo cuatro años de que expire el plazo para cumplir con la Agenda 2030, las señales que emanan de la CEPAL no son una advertencia, es un llamado de auxilio para el modelo de desarrollo que hemos construido.
El mundo entero aguarda en tensión y permanece expectante. La reciente escalada militar entre Estados Unidos, Israel e Irán ha abierto una nueva y peligrosa etapa de inestabilidad global. Los ataques aéreos, las represalias con misiles y drones y la expansión del conflicto hacia distintos países de Medio Oriente han dejado miles de víctimas, desplazamientos masivos y una creciente amenaza para la seguridad internacional.
La nueva realidad climática nos llama a repensar lo que hemos construido y lo que queremos construir. Ante un escenario donde sequías prolongadas, olas de calor extremas, escasez hídrica y fenómenos ambientales sin precedentes se han convertido en parte de nuestra cotidianidad, el mundo de la educación, y en particular la educación ambiental, se transforma en un objetivo esencial y urgente. No se trata de enseñar sobre la naturaleza, sino de sensibilizar sobre su valor, y así formar ciudadanos convencidos de la necesidad de ser capaces de actuar, comprender, transformar y regenerar.
En un mundo que exige respuestas audaces y disruptivas, el liderazgo femenino no es sólo una cuestión de equidad, es una responsabilidad estratégica y un imperativo competitivo para alcanzar el Desarrollo Sostenible. El talento, la innovación y la resiliencia, como valores que impulsan el avance económico y social, están en todas partes, pero todavía no se expresan con plena intensidad, mientras la mitad de nuestra sociedad enfrenta barreras estructurales para participar plenamente en los espacios de decisión.
Cada enero, Davos vuelve a aparecer en las noticias como un símbolo: para algunos, el lugar donde se reúnen las élites a diagnosticar los problemas del mundo; para otros, un espacio incómodo pero necesario, donde se ensayan consensos globales en medio de un planeta cada vez más fragmentado. Este año, sin embargo, Davos dejó algo más que declaraciones. Y eso importa.
Hablar hoy del futuro del trabajo nos llama a una conversación urgente sobre decisiones que ya están transformando la vida laboral en Chile. La automatización, la digitalización y la inteligencia artificial están redefiniendo empleos, habilidades y modelos productivos con una rapidez sin precedentes. Pero la pregunta que debemos hacernos es más profunda: ¿en qué condiciones trabajaremos y quiénes quedarán dentro o fuera de esta transición?
Por años, la sostenibilidad fue vista como un complemento deseable, pero no esencial, de la gestión empresarial. Un ámbito relevante, sin duda, pero muchas veces separado del corazón de las decisiones estratégicas. Hoy, a pesar de voces disidentes, esa mirada ya no resiste el análisis. Vivimos un contexto global complejo y exigente.
En el pacto firmado en 2015 por 195 países, se acordó una brújula común para el bienestar del planeta: limitar el aumento de la temperatura global a 1,5 °C. Diez años después, esa brújula no sólo sigue vigente, sino que apunta con mayor urgencia.
La COP30 en Belém dejó de ser una aspiración para transformarse en el escenario donde se ponen a prueba nuestras promesas climáticas.
Belém, con altísimas temperaturas, rodeada por el verde inmenso de la Amazonía, se volvió de pronto el lugar donde todos miran. No porque suene exótico ni porque tenga uno de los ríos más grandes del mundo, sino porque ahí se juega una pregunta bastante simple y a la vez incómoda: ¿de qué futuro estamos hablando cuando hablamos de clima?