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Margarita Ducci |
Chile está viviendo una alerta climática en tiempo real. Los acontecimientos de las últimas semanas han vuelto a tensionar las zonas urbanas y productivas con sistemas frontales extemporáneos, precipitaciones intensas concentradas en breves ventanas de tiempo, lo que ha provocado la activación de quebradas con graves aluviones en varias regiones y marejadas persistentes en el litoral.
De una cosa estoy segura. La Inteligencia Artificial jamás podrá reemplazar nuestra esencia, porque el verdadero riesgo no es que las máquinas puedan pensar, sino que nosotros olvidemos sentir y actuar con humanidad.
Hay un instante cotidiano, casi imperceptible pero profundamente revelador, en las mañanas de nuestras ciudades. Ocurre cuando el primer camión dobla la esquina, rompiendo el descanso con el rugido metálico del diésel y esa nube gris que por décadas hemos aceptado como el costo inevitable del progreso. Sin embargo, en ese mismo aire que respiramos y en el bullicio de nuestras calles, late hoy una promesa distinta. La electromovilidad ha dejado de ser una proyección técnica o un titular de futuro para convertirse en el pálpito de una transformación profunda, necesaria y esperanzadora.
Observar hoy el mapa de Chile es contemplar una geografía golpeada por la violencia de los contrastes. Pasamos casi dos décadas de una angustiante mega sequía a temporales e inundaciones implacables que arrasan hogares, caminos, puentes y lo más importante; vidas. Ver el río salir de su cauce o la tierra ceder en nuestros valles, no es sólo una imagen meteorológica en el noticiero; es un dolor profundo en el corazón de nuestro país. Es la manifestación más cruda de un planeta que clama por auxilio, mostrándonos que la crisis climática ya no es una amenaza lejana, sino una realidad cotidiana que destruye y desata el caos de nuestra seguridad.
Estamos viviendo un capítulo de la historia donde la ciencia ficción dejó de ser literatura para convertirse en nuestra rutina diaria. Hoy sabemos que la IA ya no es una simple promesa de eficiencia ni una solución tecnológica para optimizar procesos corporativos; es una fuerza transformadora capaz de diagnosticar enfermedades con precisión milimétrica, proyectar modelos para frenar el cambio climático o multiplicar la capacidad productiva de las empresas. Su velocidad impresiona, pero su verdadero impacto nos desafía a mirar con prudencia y estar atentos.
El reciente mensaje de Emmanuel Faber, ex CEO de Danone y actual presidente del International Sustainability Standards Board (ISSB), no sólo es oportuno: es profundamente revelador del momento que vive el mundo empresarial. Plantea una idea que hace pocos años parecía improbable: que la creciente tensión geopolítica, lejos de debilitar la agenda de sostenibilidad, la está transformando en un factor estratégico para la estabilidad económica, el acceso a capital y la competitividad global.
Durante los últimos años hemos sido testigos de una transformación profunda en la manera en que las empresas abordan la sostenibilidad. Lo que hace una década era visto como una acción voluntaria o complementaria, hoy forma parte de las decisiones estratégicas de las organizaciones.
Hace algunos años, cuando hablábamos de sostenibilidad en el mundo empresarial, la conversación giraba en torno a compromisos, reportes y, muchas veces, buenas intenciones. Hoy, esa conversación cambió. Y cambió profundamente. De hecho, en diversos paneles en los que he participado, la palabra que más resuena no es sostenibilidad, ni tampoco innovación, ni siquiera impacto.
Nuestros actuales patrones de consumo y producción han acelerado la triple crisis que amenaza la salud humana y planetaria; tales como el cambio climático, la pérdida de biodiversidad y la contaminación.
A menudo, cuando hablamos de crisis climática, nos perdemos en la frialdad de las cifras olvidando que en el centro de esta grave situación estamos nosotros, nuestras familias, nuestros barrios y ciudades, y el futuro de quienes hoy comienzan a vivir.