Cerramos un 2025 marcado por la alerta permanente. No fue el año que proyectamos, sino el que nos tocó administrar. En logística, la “alerta máxima” dejó de ser un protocolo excepcional para transformarse en una condición estructural. Los dashboards de ventas convivieron con reportes de seguridad; los buenos resultados, con decisiones operativas tomadas bajo presión. El éxito y la supervivencia comenzaron a confundirse peligrosamente.
Los números confirman un mercado dinámico. El comercio electrónico superó los US$ 11.500 millones, con un crecimiento cercano al 10%, reflejando un nivel de adopción y consumo digital que sitúa a Chile en la primera línea regional. Sin embargo, hay otra capa de datos que no aparece en los reportes: desvíos forzados, restricciones horarias, rutas descartadas por riesgo. Esos números explican mejor que cualquier gráfico cómo se operó realmente durante el año.
El estado de alerta se volvió parte del día a día. En centros de distribución, en rutas críticas, en equipos que monitorean en tiempo real no solo por eficiencia, sino por seguridad. Cumplir una promesa de entrega o garantizar que un conductor regrese a casa dejó de ser una disyuntiva teórica y pasó a ser una tensión concreta. Ningún sistema productivo puede sostenerse indefinidamente sobre ese dilema.
El Plan de Logística Colaborativa 2024–2025, lanzado por el gobierno saliente, fue una señal triste y relevante. Reconoció que operamos en una emergencia normalizada y que la alerta permanente no es sostenible. Aun así, mientras se coordinan mesas y diagnósticos, la operación sigue enfrentando una asimetría crítica: los riesgos ocurren en minutos; las soluciones estructurales, en años.
El cambio de gobierno abre una ventana que conviene mirar con realismo, pero también con expectativa. Las promesas de apoyo a las pymes, reducción de trámites y mayor foco en seguridad no son consignas abstractas: pueden convertirse en menos demoras, menos riesgos y más certezas para quienes trabajan y para quienes esperan que el sistema funcione. Su impacto no se medirá en anuncios, sino en ejecución y resultados visibles en la vida cotidiana.
El balance de 2025 es claro. Capacidad hay. Demanda también. La tecnología está disponible. Lo que falta es un entorno que permita desplegar ese potencial sin miedo. El 2026 puede convertirse en un año de oportunidades reales si se entiende que la seguridad logística no es un costo adicional, sino la base de la competitividad y de la confianza.
Los empresarios y transportistas no pueden seguir operando en modo supervivencia. El país necesita que quienes mueven su economía lo hagan con reglas claras, con seguridad y con previsibilidad. Avanzar hacia una logística sin incertidumbre no es un concepto técnico ni un debate sectorial: es una condición básica para que las cosas funcionen, para que los productos lleguen, para que los precios no se disparen y para que las personas puedan vivir con mayor tranquilidad.
Reducir la incertidumbre no es un favor para un sector productivo. Es una responsabilidad compartida que impacta en el empleo, en el bolsillo y en la confianza. Y ese desafío ya no admite más espera.
Felipe Miranda Rendic,
Country manager LGF Chile