Pashalato

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Javier FuenzalidaDe acuerdo con el Código del Trabajo, nuestra jornada de trabajo no puede exceder de las 45 horas semanales. Sin embargo, en 2020 un 21 % declara haber trabajado 46 horas o más y por razones laborales circunstanciales, casi medio millón de trabajadores trabajó 61 horas. En promedio anual, trabajamos 2.201 horas. En los países desarrollados como Alemania se trabajan 1.363 horas al año, los japones 1.713 horas, los norteamericanos 1.718, pero son países que cuyo ingreso per capita va de US $ 24.000(Estonia) a US $ 119.000 (Luxemburgo), siendo la media US $ 40.000 anuales.


Nosotros, si bien formamos parte de la OECD, estamos muy lejos en cuanto a nivel de desarrollo. Nuestro PIB per capita no sobrepasa los US $ 15.000. Si la comparación relevante es ajustarlo por el poder de compra, el promedio de la OECD es US $ 45.000 y el de Chile US $ 25.000. O sea, trabajamos mucho pero ganamos poco.


Se han hecho esfuerzos importantes en materia de educación y salud a las que se ha destinados cuantiosos recursos. Sin embargo, el resultado es malo. Si bien en materia educacional el 99 % de los niños menores asisten a la educación básica completa, el 87 % a la educación media y 40 %, continúa y termina su educación superior tal como ocurre en los países de alto desarrollo. Pero, como lo demuestran muchos estudios, en general, los chilenos no entienden lo que leen. Nuestra educación básica y media es mediocre a pesar de las diversas reformas que privilegian la educación pública que es peor aún.


A pesar de ello, las autoridades y los dirigentes políticos han fallado en su responsabilidad por ofrecer al país una educación de calidad y en forma irresponsable han optado por lo más fácil: trabajar menos como si fuéramos Pasha.


Primero, cada vez tenemos más feriados. Actualmente 22 con los últimos que se han creado este año. En los países avanzados no sobrepasan los 8 o 10. En materia laboral, la ley establece un tope de 45 horas semanales y nuestros dirigentes compiten en la carrera para bajarla a 38 porque los pacha no deben estar sometido a una sacrificio como es el trabajo. Contra lo que se lee en la biblia, queremos comer sin el sudor de la frente.


Hasta el momento, nadie en el mundo político se ha preocupado por averiguar el costo de esta cuenta que tendríamos que pagar. Bajar las horas de trabajo de 45 a 38 semanales significa una reducción del 13 % de las horas/hombres ofrecidas. Es como si repentinamente desapareciera el 13 % de la fuerza laboral, 1,1 millones de trabajadores ¿Cuál es el efecto?


Habrá un efecto negativo inevitable sobre la producción nacional porque, de la noche a la mañana, no se puede sustituir ese menor número de horas/hombre por capital o tecnología. ¿En cuánto tendría que subir la tasa de ahorro y el nivel de inversión para sustituir esa menor oferta de trabajo para, a lo menos, mantener el mismo nivel actual del PIB?


Es incomprensible que la Dipres que estima anualmente el PIB potencial del país en base a la disponibilidad de capital, trabajo y conocimientos, no haya estimado el efecto de este 13 %. De igual modo no se entiende que el Ministerio del Trabajo no haya estudiado los efectos de una menor oferta laboral o una baja en las remuneraciones en relación con la de productividad del capital. Así, sin mayor análisis las autoridades, gobierno y parlamento actúan en forma ciega. El que en países desarrollados como Alemania y Francia se haya reducido la jornada laboral es comprensible dado el alto nivel de bienestar que su población ha alcanzado. Pero nosotros estamos muy lejos aún.


Este es un tema ausente en la retórica política. Como en otros asuntos, les produce un asco el análisis cuantitativos. La aritmética no forma parte del discurso excepto cuando se trata de votos y dietas.


Ninguno ha sugerido alguna política que incentive una mayor tasa de ahorro e inversión, nacional o extranjera, para contrarrestar la menor oferta laboral. Ningún político se atreve, menos aún en un período electoral.


De ahí que la terrible conclusión sea que estamos frente a una política empobrecedora y cuando los números lo revelen, se le echará la culpa al modelo o al neoliberalismo que no nos permite transformar a Chile en un Pashalato.



Javier Fuenzalida A.

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