La orquesta del Titanic

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Luis Riveros (columnista)El país está remecido por los resultados visibles del profundo quiebre que se agudiza en el seno de la sociedad chilena. Sin guía efectiva de parte de los liderazgos políticos, con un Congreso mal evaluado por la ciudadanía y un gobierno que parece haber decidido ponerse al margen de los acontecimientos, el país está a la deriva. Son distintas aspiraciones las que se abrigan detrás de movimientos y agrupaciones que mezclan distintos actores sociales en la ejecución de las protestas. Están, por cierto, los que ambicionan legítimamente un cambio, aunque nunca precisado con que dimensiones y alcances, y normalmente alejados de una propuesta que los propios actores políticos se sienten incapaces de estructurar. Se ubican además quienes reaccionan frente a una interpretación de violencia ejercida considerando como agresión las acciones por parte de otros que son interpretadas como desafíos y provocaciones. Además, feministas, grupos jóvenes de la periferia de las ciudades, barras bravas, se suman a un concierto sucesivo de demandas no bien estructuradas, pero si manifiestas a través de una protesta violenta que desafía todo análisis racional. La llamada “protesta social” tiene muy distintos ingredientes y actores, todos ellos tras diferentes agendas y sin una propuesta estructurada sobre sus ambiciones, ni tampoco un liderazgo que encauce las aspiraciones y le otorguen viabilidad política. Y tras todo el desorden y la falta de proyecto tras las protestas que observamos, se encuentra el lumpen y la delincuencia que ven en las manifestaciones una forma de obtener beneficios directos producto del pillaje y del abierto desorden. Es una mezcla de distintos grupos, de diversas y desestructuradas agendas, un panorama francamente atemorizante, que pone de relieve la ausencia de ideas trascendentes desde la política, la cual sólo saca la voz para condenar o aplaudir los eventos que la ciudadanía sufre inmensamente.

Y el panorama es aún más preocupante cuando se constata, por medio de las estadísticas la atribución de responsabilidades por el estado de cosas que subyace a las protestas. Un 98% piensa que los responsables son los políticos, un 83% culpan a los medios de comunicación y aún un 67% responsabiliza a los partidos de izquierda. Pero además, sólo un 11% considera que el principal problema del país es la Constitución vigente, y aún un 74% declara tener malas expectativas sobre una nueva Constitución. Sin embargo, en medio de este panorama de desorden, de acciones violentas que no tienen clara justificación, de un generalizado temor y frustradas expectativas, la clase política decidió un Acuerdo por la Paz que instaura una discusión constitucional. No parece ser el camino que en forma evidente restaure el orden y el entendimiento entre chilenos, además de excluir a actores independientes y así privilegiando el monopolio que los partidos detentan en materia de reglas electorales. Junto a políticos que tienden a profundizar el quiebre a través de sus acciones y dichos, no hay ninguna claridad sobre el futuro que espera al país, sea que se apruebe o rechace el proceso de discusión de una nueva constitución. En lo que parece haber coincidencia, es que la violencia seguirá su curso, puesto que las agendas diversas continuarán ejerciendo presión en pos de sus generalistas premisas. A la necesidad de repensar nuestro modelo de sociedad, reflejado ella en la norma constitucional, se ha antepuesto la generación de grandes expectativas de mejor bienestar, siguiendo lo que cada uno y cada grupo defina como ello. Allí habrá que lidiar con ese nuevo escenario de frustración frente a la falla del sueño prometido.

En medio de todo este verdaderamente confuso y preocupante escenario, cuando no se ven opciones para encauzar el manifiesto descontento, los políticos ya están desempeñándose en su permanente feria electoral. Está amenazada la estabilidad del país y la convivencia entre chilenos, pero ellos ya han definido candidatos absolutamente a todo cargo relevante de elección. Se disputan entre ellos las opciones abiertas y en el contexto de matinales y programas superficiales en que abunda el maquillaje físico tanto como el moral. Ni una idea sobre Chile, sobre el futuro, sobre qué podemos garantizarle a la niñez de hoy para el mañana que estamos preocupados de destruir más que de asegurar. Todo esto tiene lugar en medio de los parámetros del buen show mediático al que se nos ha acostumbrado. Todo un show electoral en ciernes, que no será más que una nueva manera de repartirse transversalmente los beneficios del poder. ¿Será el síndrome de la Orquesta del Titanic, que sigue tocando sus acompasadas melodías mientras el barco se hunde?


Prof. Luis A. Riveros