Travestismo: una etapa superior del populismo

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Luis Riveros (columnista)

Los políticos nos han acostumbrado a apreciar su actividad como actos continuos de populismo, una práctica que no mira condiciones y resultados objetivos, sino que privilegia la propaganda. Las propuestas populistas a menudo desprecian las opiniones y fundamentos técnicos, puesto que para ellos se debe solamente maximizar el impacto en imagen, y ciertamente en resultados electorales. Nos hemos llenado de titulares y decisiones de inspiración populista, a través de medidas que han dejado de lado otras prioridades y acciones de importancia para el país. Un ejemplo a la mano: se optó por una gratuidad de la educación superior (que en realidad no es tal porque las propias instituciones deben pagar parte imparte de los costos) que significó un elevado porcentaje del PIB nacional. Con ello se dejó de lado una opción alternativa cual era la de constituir una educación preescolar de excelencia, lo cual significaría un “empujón” hacia arriba para la alicaída calidad de toda la educación chilena en todos los niveles. El historial legislativo y administrativo de los últimos años está plagado de ejemplos de esta manera de ver y hacer las cosas y de definir e implementar la política pública.

Esa forma de legislar y de dar dirección a las políticas también invadió el terreno comunicacional y la fabricación de una “imagen” atractiva para el electorado. No olvidamos un candidato presidencial hace algunos años, que se disfrazaba con trajes típico de la región para así aparecer en las manifestaciones y agasajos electorales. Muchos candidatos médicos, por ejemplo, han hecho gala de su delantal blanco (e incluso del estetoscopio al cuello) para presentarse frente al electorado. Pero, en general, las candidaturas han hecho siempre gala de promesas y “compromisos” que denotan un marcado populismo que persigue solamente convencer al elector sin mantener efectiva y necesariamente una condición realista. Por esto también, los políticos inundan los matinales y programas light de la TV, para mostrar allí su envolvimiento con los temas contingentes, su vocación de servicio público y su disposición a poner el intelecto en el marco que se proyecta en ese tipo de programas. Este sesgo comunicacional que imprime el populismo, lleva a que políticos incentiven actos reñidos con las mínimas normas que deben regir una sociedad, incentivando la desobediencia civil, el privilegio de derechos sobre deberes y el fomento de un violentismo que la ciudadanía no quiere. No se escapa de esto las “payasadas”, que se realizan para tratar de acercar al político a la gente, descuidando eso tan vital que nos enseñaron los líderes republicanos de Chile, que es que el político debe dar ejemplo y formar ciudadanos con su actuar. Cuando el político populista cae en desenfreno en su asumida representatividad de la masa, se declara en ese acto incapaz de conducirla y de encauzar sus legítimos sentimientos y aspiraciones.

Pero hay aún una etapa superior del populismo: el travestismo político. Esto es, cuando el político percibe que los principios y convicciones ya no son necesarios ni útiles al propósito electoral. Es cuando decide cambiarlos por otros distintos, usualmente contradictorios con lo que se supone había sostenido por largo tiempo. Como decía Groucho Marx: “Estos son mis principios. Si no les gustan, tengo otros”. El travestismo político no es un ejemplo muy dignificante de lealtad y respeto por uno mismo; es más bien una verdadera manipulación que se intenta hacer de los demás. El travestismo es una forma avanzada del tradicional “darse vuelta la chaqueta”, que siempre ha existido en la política chilena, que usualmente se trataba de desvíos puntuales sobre aspectos determinados del hacer político. El travestismo, es un cambio total, es un intento de reconstrucción a fondo de la fachada y a menudo sin siquiera el subterfugio de presentarlo como el resultado de una larga reflexión y examen interior. Por eso, a pesar de que ya no sorprende tras la práctica de un populismo permanente, de una actitud casi febril en pos del lucimiento comunicacional, el travestismo que estamos observando en el caso del Alcalde Lavín, supera marcas en materia del mensaje que quiere llevar a su electorado.  Muestra que está siempre disponible para pensar igual que las mayorías transitorias, que está dispuesto a echarse a la espalda toda una historia de participación en política en un marco ideario muy distinto. Significa que los principios realmente no valen, y que sólo la práctica lucida de la ambición electoral es lo que manda. Total, ¿qué más da haber estado en determinadas posiciones políticas, religiosas y de interés material, para cambiarse al bando opuesto si eso rinde un beneficio electoral?


Profesor Luis A. Riveros