El dolor de Chile

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Luis Riveros (columnista)


El país sobrelleva con amargura y asombro la situación de inconcebible deterioro que sufre el estado de derecho. Muchas familias viven bajo el temor de acciones vandálicas que amenazan su hogar y deterioran su calidad de vida. Otras observan con pavor cómo se acercan tales actos a su vida diaria, y las instituciones republicanas se desmoronan calamitosamente. Las acciones terroristas se han hecho costumbre y, tal como sucedió con los reiterados episodios vividos a diario en el Instituto Nacional, dejaron hasta de ser efectivamente una noticia. La estrategia para imponer el terror es hacerlo costumbre, e incorporarlo en la forma de vida de la comunidad, como sucede con los habitantes del sector Plaza Italia y San Borja: se deben acostumbrar a la reiterada violación de sus derechos como una forma de sujeción al terror hecho régimen de facto. Tal como en la Araucanía la quema de una vivienda, de un galpón o de maquinaria ya no es noticia que llame la atención de nadie, en las principales ciudades de Chile la destrucción del mobiliario urbano, jardines e instalaciones, incluso del pavimento, ha pasado a ser una nota de costumbre, algo que es propio de la vida diaria. Se ha llegado a la insensatez de incendiar edificios universitarios, no sólo pintarlos como es el caso de los humillados edificios principales de las dos principales universidades de Chile, constituyéndolo en un símbolo de repudio a las ideas y a la inteligencia. Últimamente, la turba se ha puesto por objetivo destruir museos, depósitos de nuestra cultura e historia; el caso del incendio del Violeta Parra es emblemático, pero así también los rayados y destrucción de exteriores de la Biblioteca Nacional, Museo de Arte Contemporáneo y Museo Vicuña Mackenna. Como durante las peores desgracias de la humanidad, las colecciones han debido evacuarse a sitios de resguardo, como si tuvieran que pagar con esa vergüenza la pena impuesta por la insensatez y el horror erigidos como jueces supremos. Todo Chile está siendo destruido, como si se tratara de expropiar la memoria del país, aniquilar su orgullo regional o citadino, imponer al terrorismo como verdadera autoridad. Cuesta creer que frente a todo eso, el Gobierno de Chile no reaccione con la energía que debiera en función del mandato que le es inherente.

Las demostraciones que el país presenció en los inicios fueron una férrea demostración de insatisfacción en lo social, lo económico y lo político. Se protestó por las notorias diferencias y, sobretodo, por el verdadero separatismo que reina en nuestra sociedad, en que unos y otros nos miramos como “distintos” albergando un desprecio por el que menos tiene, toda vez que el “tener” se ha constituido en el objetivo principal de nuestra vida. El Gobierno y el Congreso están desprestigiados al máximo como verdaderas autoridades, y poca credibilidad tienen para nada. Por eso, quizás para mejor, unos y otros se han ido de vacaciones en medio del drama que vive a diario nuestra sociedad, y de las postergadas decisiones que alimentan la insatisfacción ciudadana. Pero las legítimas demostraciones por la insatisfacción han ido quedando atrás y se han diluido por la fuerza de las acciones violentas auspiciadas por “barras bravas”, delincuencia común y narcotráfico. En esas manos se encuentra hoy el país. Por eso edificios culturales, testimonios históricos o sedes de la cultura y el pensamiento dan exactamente lo mismo como objetivos a incendiar y destruir. Frente a eso no hay diálogo posible, porque no es eso lo que se busca sino imponer el terror y llevar a cabo la destrucción de Chile casi como un pasatiempo disipado. Por cierto que un debate constituyente no tiene mucha relevancia para estos grupos que dominan el día a día. No hay interés por las ideas, observan a un mundo político lejano y desinteresado de las situaciones reales que estas bandas despliegan sin conducción ni límite, sólo con el auspicio velado de un anarquismo que no tiene propuesta, sino sólo el afán de destruir. Y a todo esto, el vandalismo y sus auspiciadores denigran a Carabineros y éstos son prácticamente inhabilitados para actuar y reponer el estado de derecho.

Nunca creí, en mis años de profesor y académico, promotor siempre de la tolerancia, la fraternidad entre las personas y el debate de ideas, que tuviera escribir con profunda amargura esta columna sobre el dolor de Chile. Y tener que decir, además, que las autoridades están lejanas de los problemas reales y de la situación de verdadero amedrentamiento que viven los chilenos. Un país sin gobierno y sin autoridad legislativa, con Poderes del Estado pésimamente evaluados por la ciudadanía, es un país sin destino, en manos de hordas que todo quieren destruir. Y como decía el cómico argentino de hace algunos años:….y del estado de derecho nunca más se supo.


Prof. Luis A. Riveros