¿Es culpable el termómetro?

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Luis Riveros (columnista)


Las universidades chilenas son selectivas, puesto que demandan los mejores estudiantes para favorecer su desarrollo profesional y el propio desarrollo institucional. La educación superior chilena ha puesto énfasis en calidad, lo cual significa, entre otros relevantes aspectos, un foco en la calidad de los estudiantes, base del proyecto educativo y de los resultados formativos. Eso ha justificado siempre la existencia de una prueba de selección, que en sus tiempos fue el Bachillerato y posteriormente la Prueba de Aptitud Académica. Ésta fue reemplazada el año 2005 por la actual PSU, que a diferencia de la anterior poseería mayor énfasis en evaluar el conocimiento adquirido en la enseñanza anterior: prebásica, básica y media. Según los análisis (teóricos) prevalecientes en ese tiempo, la PSU sería más adecuada al medir el conocimiento adquirido durante toda la enseñanza media, y mucho más equitativa que una prueba como la PAA que enfatizaba el concepto de “aptitudes”, que se veía más vinculado al status socio económico de los estudiantes. Además, se dijo, la PSU sería más “igualitaria” en términos de las condiciones objetivas que medía, puesto que el esfuerzo que en ese entonces se hacía en orden a mejorar la calidad de la educación básica y media, con renovados objetivos y mejor desenvolvimiento curricular, haría que todos los jóvenes enfrentaran de manera equivalente, del punto de vista de sus condiciones, la prueba en cuestión. Por cierto, nada de eso sucedió efectivamente: el deterioro en calidad de la educación básica y media continuó, especialmente marcando las severas diferencias formativas que adquieren estudiantes de diversos grupos sociales. En definitiva, como desde su primera aplicación, la PSU viene mostrando la desigual educación que reciben los jóvenes chilenos y la severa discriminación socio económica que envuelve la medición al “final del camino”.

Se culpa a la PSU de los resultados, en circunstancias de que ella es solamente un termómetro para medir la temperatura que denota la enfermedad de la educación chilena. Tales resultados muestran la profunda brecha socio económica existente entre distintos grupos sociales, producto de la diferente educación que han recibido. Pero culpar al “termómetro” de la enfermedad no es razonable ni ayuda mucho a corregir los problemas. Esta es una discusión que tiene lugar todos los años luego de que se divulgan los resultados PSU, y este año no será la excepción, marcado ello además por la llamada “explosión social” y una creciente “opinología”. Hay tareas pendientes, ciertamente, en términos de enriquecer el instrumento y perfeccionarlo para que diagnostique mejor las competencias de diferentes jóvenes en términos de su carrera futura. Se ha mencionado el agregar otros acápites más especializados, medir competencias analíticas como asimismo en escritura y formación en áreas “blandas”. Todo eso se puede (y debe) hacer para perfeccionar un instrumento cuya vida se encamina a los tres cuartos de siglo. Pero las universidades necesitan seleccionar, a menos que se cambie la estructura de su hacer docente, permitiendo que ingresen “todos” a un programa general (nivelador) formativo. Eso sería a costa de la duración de las carreras y cambiaría totalmente la estructura y el hacer universitario, sin clara correlación con mejor resultados en materia de equidad y formación. Parece ser que el mejor camino es el estudio dedicado al perfeccionamiento del instrumento y su diferenciación por entidades universitarias, que seguramente buscarán distintos perfiles de ingreso. Mejor es confiar aquí en la autonomía de las instituciones, en la calidad técnica del DEMRE y con la coordinación (solamente eso) por parte de la autoridad educacional del país. Pero repetir espectáculos tan perjudiciales como el que hemos observado este año, es simplemente inadmisible, especialmente por el costo que envuelve para miles de jóvenes que buscan su mejor futuro.


Prof. Luis A. Riveros