​Mi contribución a superar la Crisis

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Mario astorga (columnista)


Hace unos días, en este mismo periódico, escribí una columna que se titulaba ¿Cómo enfrentar la crisis? La idea de la columna era mencionar tres tipos de crisis que está viviendo el país. La primera se refiere a que quienes pueden resolverla Constitucionalmente, el poder Ejecutivo y Legislativo con el apoyo de los partidos políticos, gozan de una legitimidad precaria dado que más del 70 por ciento de los ciudadanos no se sienten representados por ninguno de los partidos políticos del amplio espectro ideológico que tiene nuestro país. La segunda crisis es la económica, que hoy día se aprecia mejor que ayer por el alza abrupta del precio del dólar y por la ratificación por parte del Ministro de Hacienda que el IMACEC será negativo, y los analistas estiman que se mantendrá así por todo el tercer trimestre del 2019; salvo mentes muy afiebradas, la gran mayoría entiende que el crecimiento es un fundamento necesario para el desarrollo. La tercera crisis a que aludía es la de CONFIANZA, en momentos en que se deben tomar decisiones importantes y se debe concordar un Nuevo Pacto Social, la falta de confianza entre los actores e instituciones se convierte en una piedra de tope gigantesca. Concluía que sin embargo la peor crisis de nuestro país es la CRISIS MORAL, hedonismo, individualismo, relativismo moral en la relación padre-hijo, maestro-alumno, militante-dirigente político, empresas-política, grandes empresas-PyMES, empresas-consumidores, autoridades electas-electores, etc. Proponía que una forma de enfrentar esta Crisis Moral es partir por un acto de contrición, a veces personal a veces institucional, a veces dentro del círculo más privado, a veces en público, reconociendo errores de acción y de omisión que hemos cometido, o cuando hemos presenciado hechos indeseables y hemos mirado para el lado sin defender la justicia, la equidad, los derechos del consumidor, los derechos humanos, la verdadera competencia sin colusiones-sin monopolios-sin cohecho-sin abuso de posición dominante en contra de las PyMEs-sin uso de información privilegiada; el cómo, a veces, para reconciliarnos con nuestros hijos, hemos desvalorizado el respeto y autoestima de los maestros, etc.

Cientos de personas que leyeron la columna la han comentado y me han preguntado ¿Que sigue? Personalmente, creo que sigue un acto de contrición de los principales actores políticos y sociales reconociendo las muchas veces que han preferido la manipulación al diálogo, que han emporcado centros de participación democrática de la sociedad para “ganar” la elección, las veces en que nos hemos convertido en chaqueteros de cualquier éxito o de cualquier fracaso (algún extranjero nos definió como expertos en chaqueteo), las veces que no hemos apoyado proyectos necesarios para el país y buenos para los más vulnerables por defender utilidades y prebendas o ganar espacios políticos, etc.

Aunque sé que es irrelevante para la gran mayoría, no quiero ser el Padre Gatica; mi Contribución a la Crisis es hacer mi propio Acto de Contrición. A lo largo de mi vida he cometido muchos errores políticos y sociales, daría para un libro, pero quiero compartir con ustedes algunos con la esperanza de motivas a otros.

Mi primer error, aunque mi alcurnia política no hacía posible que yo participara en la negociación, fue aceptar, sin mayor crítica, los frenos al desarrollo político del país que fueron aceptados coo necesarios para iniciar la transición a la democracia: senadores designados, supramayorías para hacer las modificaciones necesarias, sistema binominal, rol subsidiario del Estado, etc. Más que el efecto retardador de dichos instrumentos fue la validación, en la práctica, de que había ciudadanos de primera clase, que aunque fuesen minoría valían al menos igual que todo el resto; aceptar que el derecho de propiedad estaba por encina de las necesidades de la sociedad; que un buen mercado era siempre mejor que un Estado eficiente. A mi juicio, no fueron los mecanismos democráticos de la constitución que despediremos el 2020 el problema, sino los principios subyacentes, y nos acostumbramos a ellos. Dejé que el individualismo, y el goce que el mercado trajo a la clase media, adormeciera la solidaridad con los más necesitados que nos habían inculcado nuestros padres. Quise creer que con el chorreo vendrían las mejores oportunidades para todos, pero el impulso solo sirvió para que los extremadamente pobres transitaran hacia la pobreza, con el agravante que una salud, una educación y un sistema previsional no solidarios, regulados por el mercado, anclaron al 99% de los pobres, de por vida, a ese estatus socioeconómico; eliminándose la movilidad social que habían acuñado los fundadores de nuestra patria. Yo estudié en un liceo público, mis compañeros eran hijos de comerciantes, de médicos, de aseadores municipales y de empleadas domésticas. No recuerdo ni un solo problema causado por esa integración natural, pero si observo los problemas que hoy genera la estratificación que produjo el mercado en la educación. Quienes egresamos de ese liceo hace 50 años desempeñamos hasta ahora los más diversos oficios y profesiones. Hoy en día eso es casi imposible que ocurra entre los egresados de los liceos públicos no emblemáticos.

Creí que el sistema neoliberal llevaría equidad y justicia a nuestra sociedad y cada vez que descubríamos fallas en el sistema creímos que dichas fallas se resolvían con más mercado. Muy tarde me di cuenta que, en algunos frentes, un Estado pequeño pero musculoso es insoslayable.

Desde hace casi 40 años he creído que la pequeña empresa tiene muchísimo que aportar al desarrollo del país. Más de tres millones de trabajadores y un millón de empresarios PyME son un potencial de creatividad, de productividad y de generación de valor. Teniendo más información que muchos otros al respecto, soy culpable de no haber logrado que los gobiernos de la Concertación y de la nueva mayoría tomarán verdaderamente en cuenta a la pequeña empresa. Los cientos de programas iniciados fueron todos marginales desde el punto de vista de la inversión pública y con pobrísima implementación. Nunca hubo una verdadera voluntad política a nivel de Estado de jugársela por la pequeña empresa y lo deje pasar, sin arriesgar mi capital intelectual y profesional en el intento de que las cosas fueran mejores. Con PyMEs más competitivas posiblemente no tuviésemos las inequidades que hoy sufre el país. Dejé, sin enfrentarme, que los sucesivos ministros de Economía y Hacienda miraran a la pequeña empresa como un paciente terminal de cáncer, con lástima, pero sin valorar su potencial para un mejor Chile. Participé en un Consejo Asesor creado por la presidenta Bachelet para enfrentar el llamado a un salario ético qué hizo el obispo Goic; sin embargo, nuevamente no fui capaz de convencer a la mayoría de ese consejo que sí el 90 por ciento de las empresas son PyME y estas proveen el 70 % del empleo, la equidad no llegará al país si nos concentramos solamente en darle herramientas de competitividad a las grandes empresas y su 30% de empleo; para llegar a la equidad Chile necesita el concurso de sus PyMEs.

Cuando aparecieron dolorosos casos de sacerdotes involucrados en pedofilia y abuso sexual dejé que los que nunca quisieron a mi iglesia hicieran mofa de ella, y no defendí con valor su legado; una iglesia que se despojó de sus tierras para iniciar la Reforma Agraria, una Iglesia que apoyó a la Cruz Roja en Chile, una Iglesia que se la ha jugado por los más pobres desde siempre a través de sus decenas de obras como el Hogar de Cristo, Un Techo para Chile, Trabajo para un Hermano, Fundación Las Rosas, María Ayuda, etc., una Iglesia que ha formado a decenas de miles de profesionales y técnicos comprometidos socialmente y qué ha creado una Universidad para los más pobres; una iglesia que fue la primera en atender a los enfermos de SIDA, que empujó la promoción popular y la democracia en la base a través de sindicatos, centro de alumnos, juntas de vecinos, cooperativas y que fue la primera en jugarse por los DDHH en dictadura (aunque hoy día en democracia algunos quieran apropiarse esa bandera); y yo, deje impávidamente que unos pocos sin conocer a la historia de la Iglesia, o a pesar de conocerla, la estigmatizaran y desvalorizaran su aporte moral a Chile con cargo al comportamiento inaceptable de algunos de sus miembros.

No son mis únicos delitos contra Chile, pero quise compartir estos con ustedes. Sentirnos verdaderamente culpables y cómplices de los errores de la historia puede permitirnos un camino de reconciliación, previo a un nuevo Pacto Social. 



Mario Astorga de Valenzuela