Mario Astorga



Mario Astorga

Esa declaración, junto a la que en días anteriores habían hecho las organizaciones que reúnen a las PyMEs, han sido muy bien recibidas por la ciudadanía.Los empresarios disponen de múltiples caminos para participar de la vida política del país, individualmente o a través de sus gremios: en las elecciones de autoridades nacionales y locales, en la elección de sus representantes gremiales, en la relación de sus ejecutivos con las comunidades locales, a través de declaraciones como las comentadas, a través del silencio -sobre todo cuando el resto del país espera una toma de posición de parte de ellos, a través de financiar a ciertos candidatos, a través de la compra de publicidad en los medios que le son afines, a través del patrocinio de algunos programas de radio y TV, o a través de las razones esgrimidas para quitar dicho patrocinio.Hace unas pocas semanas un empresario le comunicó al gerente de un medio de comunicación que, a través de sus empresas, había dejado de anunciar en un exitoso programa, conducido por un empresario y dirigente agrícola  “por la deplorable actitud de CNN y CHV (Chilevisión) en los momentos en que Chile necesitaba de un periodismo serio, objetivo y libre de sesgo político”.

La mayor parte de los chilenos quiere lo mejor para Chile, los ricos y los pobres, la gente culta e informada y los menos educados, la gente de izquierda, centro y derecha Las diferencias están en los enfoques y prioridades.

Nadie esperaba hace tres meses atrás que tendríamos un plebiscito sobre la Constitución en el mes de abril. Por ende, las reacciones a favor y en contra surgieron primero espontáneamente, luego más sesudamente, pero aun somos muchos para quienes no es obvia la decisión correcta.

Se observa qué tanto los grupos que está gastando ingentes recursos a favor del APRUEBO como del RECHAZO a la nueva Constitución tienen un profundo error de diagnóstico. Todas las encuestas indican que la gran mayoría de la población tomó una decisión.

La movilización social que estalló el 18 de octubre ha dejado al descubierto distintos fenotipos de chilenos. Ya para nadie debería ser un misterio que el modelo político-económico diseñado en el gobierno militar, aunque ha sufrido algunos cambios importantes en los últimos 40 años, ha ido acumulando detractores a lo largo de los años, en muchos de los cuales, aunque no se conoce la cifra porcentual, ha causado tal desafección con el resto de la sociedad, enojo, rabia, e indignación, que justifica actos vandálicos ( hoy denominados señales contra el sistema) que no hubiesen sido admisibles algún tiempo atrás.

Creo que la encuesta CEP de Diciembre del 2019, Estudio Nacional de Opinión Pública N° 84, nos recuerda que la gran mayoría de los chilenos somos racionales; preferimos la democracia a cualquier otra forma de gobierno; nos damos cuenta de las profundas desigualdades que hay en la sociedad chilena y queremos cambiarlas; privilegiamos soluciones concretas como mejoras en las pensiones, la salud, la educación y el salario mínimo por sobre acuerdos políticos en relación al proceso constitucional; apoyamos más a los políticos capaces de conseguir acuerdos por sobre aquellos que son incapaces de transar y que buscan agudizar las contradicciones; la gran mayoría de los chilenos rechazamos la violencia como estrategia para conseguir los cambios necesarios.La desazón se me genera porque el gobierno, el congreso y los partidos políticos, que son quienes tienen la tarea de acordar e implementar las soluciones, son las instituciones con el menor grado de respaldo en la ciudadanía, apenas entre un 2 y un 5 % cada uno de ellos; es más, dado el error estadístico declarado por el estudios (3%), podrían no tener respaldo alguno. Este bajo respaldo no es gratuito; es cierto que todas las instituciones han sufrido una severa merma en el apoyo ciudadano; sin embargo, son muchos los errores cometidos por la llamada “clase política”, de todos los sectores, desde que comenzaron las movilizaciones sociales, y que los hace merecedores de este repudio colectivo.

Contra mi voluntad me veo forzado a escribir para establecer mi posición en relación al plebiscito de abril. Desde que comenzó el estallido social me ha parecido el tema menos urgente, en relación a mejorar la educación, la salud y las pensiones, pero me siento obligado.

La paz y el amor que nos inunda en navidad y las celebraciones del año nuevo parecen haber adormecido las inteligencias de quienes nos gobiernan desde la Moneda, el Congreso y los partidos políticos.

Chile está viviendo la peor crisis desde la recuperación de la democracia, y una de las peores crisis de su historia. Salvo unos pocos cabezas calientes, la gran mayoría piensa que para encontrar una solución se deben seguir los cauces institucionales y que la salida tiene necesariamente que provenir del Ejecutivo, particularmente el Presidente y el Parlamento a través del Senado y Cámara de Diputados, asumiendo que los congresistas representan, además de sus electores, a los partidos políticos que los apoyaron para ser elegidos.

En Chile y en el mundo hemos ido aprendiendo en los últimos años el enorme valor que tiene la inclusión de distintas miradas en la toma de decisiones ya sean políticas públicas, decisiones empresariales o de cualquier índole. El periodo de las políticas públicas decididas en los escritorios de un profesional “preparado” pero sin contrastar con los usuarios y/o beneficiarios quedó sepultado con los malos resultados del Transantiago y la ley de estacionamientos, por mencionar dos casos ampliamente conocidos.