​Lo que está uniendo a Trump, Xi, Altman, Amodei y León XIV

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Alfredo barriga 2

Hay semanas en que una noticia deja de ser una noticia y empieza a convertirse en una señal. Esta parece ser una de ellas.


En pocos días, Donald Trump, Xi Jinping, Sam Altman, Dario Amodei y el papa León XIV han hablado sobre los riesgos de la inteligencia artificial. Proceden de mundos radicalmente diferentes y sus posiciones sobre regulación, velocidad de desarrollo y geopolítica están lejos de coincidir. Sin embargo, algo comienza a unirlos: la preocupación por lo que puede ocurrir si la inteligencia artificial avanza más rápido que nuestra capacidad para controlarla.


Donald Trump representa la posición más orientada a mantener la velocidad de la carrera tecnológica. Su preocupación central es que Estados Unidos no pierda el liderazgo frente a China. Xi Jinping, desde una perspectiva muy distinta, ha planteado que las dos grandes potencias tienen la responsabilidad de desarrollar y gestionar la IA asegurando que permanezca bajo control humano.


Desde las propias empresas que están construyendo esta tecnología, las advertencias son todavía más significativas. Sam Altman ha reconocido que el extraordinario progreso de los modelos de IA hace cada vez más importante abordar sus riesgos y mantener los sistemas poderosos bajo control humano. Dario Amodei, CEO de Anthropic, ha sido aún más explícito acerca de los riesgos asociados a sistemas cada vez más capaces y autónomos y de la necesidad de desarrollar mecanismos de seguridad antes de que las capacidades de la IA avancen demasiado.


Y entonces aparece una voz que, a primera vista, podría parecer ajena a esta discusión: León XIV. Preguntado por los riesgos existenciales de la inteligencia artificial, el Papa respondió con una frase que, por su sencillez, resulta extraordinariamente poderosa: “No estoy en modo pánico. Duermo por las noches.” Pero inmediatamente añadió algo igualmente importante: las preocupaciones expresadas por expertos en inteligencia artificial deben tomarse en serio. En otras palabras: ni pánico ni ingenuidad.


Probablemente esa sea una de las actitudes más razonables frente a la revolución que estamos viviendo.


Porque existe una tentación en ambos extremos. Por un lado, imaginar que la IA conducirá inevitablemente a una catástrofe. Por otro, suponer que toda nueva capacidad tecnológica será necesariamente beneficiosa y que cualquier preocupación constituye una resistencia irracional al progreso.


El verdadero desafío está en otro lugar.


No se trata solamente de preguntarnos qué puede hacer la inteligencia artificial. Tenemos que comenzar a preguntarnos qué ocurrirá con el ser humano cuando la inteligencia deje de ser exclusivamente humana.


Esta es una de las tesis centrales de mi libro Presente Acelerado: durante toda nuestra historia, la inteligencia humana ha sido uno de los grandes factores limitantes de nuestra evolución. Necesitamos años para aprender, décadas para acumular experiencia y generaciones para transmitir conocimiento. La inteligencia artificial está alterando esa ecuación.


Por primera vez estamos construyendo sistemas capaces de procesar información, aprender, razonar y crear a una velocidad que no depende de los ritmos biológicos humanos. Si esta tendencia continúa, llegará un momento en que nuestra principal limitación ya no será nuestra capacidad intelectual.


Y entonces la pregunta cambiará. Ya no será solamente “¿qué podemos conocer?”, sino “¿qué significa ser humano cuando podemos disponer de una inteligencia superior a la nuestra?”


Ahí comienza, a mi juicio, la verdadera discusión sobre la Singularidad. Porque si las máquinas pueden calcular mejor, memorizar mejor, programar mejor, diagnosticar mejor e incluso crear en ámbitos que hasta ahora considerábamos exclusivamente humanos, nuestra respuesta no puede consistir simplemente en intentar competir con ellas en velocidad y eficiencia.


Tendremos que descubrir aquello que no se mide por la velocidad de procesamiento: la libertad, la responsabilidad, el amor, la conciencia, la capacidad de distinguir el bien del mal, la búsqueda de la verdad, y la pregunta por el sentido de nuestra existencia.


La paradoja de Presente Acelerado es precisamente ésta: la inteligencia artificial podría liberar al ser humano de muchas de las limitaciones intelectuales que durante milenios condicionaron su desarrollo, pero esa misma liberación podría obligarnos a enfrentar, con una profundidad desconocida, nuestra dimensión espiritual.


Quizás por eso resulta tan significativa la coincidencia de estos días.


Trump pregunta cómo evitar que Estados Unidos pierda la carrera tecnológica. Xi habla de mantener la IA bajo control humano. Altman y Amodei advierten que la seguridad debe acompañar al desarrollo. Y León XIV recuerda que no podemos perder de vista al hombre en medio de la revolución tecnológica.


Son preocupaciones diferentes, pero convergen en una frontera común: la inteligencia artificial no puede terminar convirtiendo al ser humano en espectador de su propia evolución.


No estamos en pánico. Pero tampoco podemos cerrar los ojos. Porque el desafío de la IA quizá no sea impedir que las máquinas lleguen a ser extraordinariamente inteligentes. El verdadero desafío será conseguir que, mientras las máquinas se vuelven más inteligentes, los seres humanos se vuelvan más humanos.


Alfredo Barriga

Profesor UDP

Autor de “Presente Acelerado: la Sociedad de la Inteligencia Artificial y el urgente rediseño de lo humano”

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