Chile invierte miles de millones de dólares en minería, carreteras, ferrocarriles, puertos, embalses y grandes obras de infraestructura. Todas ellas tienen algo en común que pocas veces forma parte de la discusión económica: necesitan saber con enorme precisión dónde están y a qué altura están. El problema es que Chile se mueve. Nuestro territorio se encuentra entre los más dinámicos del planeta. La interacción de las placas tectónicas produce desplazamientos que pueden acumularse lentamente durante años o manifestarse abruptamente durante un gran terremoto. Cuando eso ocurre, no solo se desplazan caminos, ciudades o infraestructura. También cambia la relación entre el territorio real y las coordenadas con que lo representamos. Esto conduce a una idea aparentemente contradictoria, una coordenada puede ser extremadamente precisa y, al mismo tiempo, estar desactualizada y cuando distintas obras, empresas o instituciones utilizan referencias que no representan de igual manera la realidad territorial, el problema deja de ser exclusivamente geodésico. Puede traducirse en incompatibilidades entre levantamientos, reprocesamiento de información, mayores costos, incertidumbre y dificultades para integrar proyectos desarrollados en distintos momentos.
En minería, por ejemplo, la información geoespacial acompaña prácticamente todo el ciclo de una operación esto es la exploración, diseño, construcción, explotación, monitoreo e infraestructura. Algo similar ocurre con carreteras, ferrocarriles, túneles, puertos, ductos y grandes obras civiles, cuyos ciclos de vida pueden extenderse durante décadas. Por eso, para un país como Chile, la infraestructura geodésica también es infraestructura productiva. No se ve como una carretera ni tiene la presencia física de un puerto, pero permite que proyectos, mediciones y bases de datos puedan relacionarse entre sí de manera precisa, trazable y consistente. El desafío se vuelve todavía más complejo cuando incorporamos las alturas. Solemos asumir que determinar cuánto mide un punto sobre el nivel del mar es un problema resuelto. No necesariamente. Establecer alturas físicas precisas y consistentes a lo largo de Chile, relacionarlas con observaciones GNSS y hacerlas interoperables con distintas referencias continúa siendo un desafío científico y tecnológico.
Chile necesita avanzar desde referencias esencialmente estáticas hacia sistemas capaces no solo de determinar coordenadas y alturas con gran precisión, sino también de mantener esa información actualizada frente a los cambios que experimenta el territorio. En esa dirección, la Universidad de Santiago de Chile se adjudicó recientemente un proyecto FONDEF de Investigación Tecnológica que busca desarrollar una solución GNSS para la determinación continua de alturas físicas en entornos sísmicos e interoperable con múltiples referencias de altura. La iniciativa es dirigida por el Dr. José Antonio Tarrío, académico del Departamento de Ingeniería Geoespacial y Ambiental de la USACH, y en ella participo como Director Alterno, junto con GEOCOM S.A. como entidad asociada y el Instituto Geográfico Militar como institución colaboradora. Pero el aspecto verdaderamente relevante no es la adjudicación de un proyecto, es la pregunta que estamos intentando responder que es ¿Cómo construimos infraestructura, desarrollamos minería y planificamos inversiones de largo plazo sobre un territorio que sabemos que seguirá moviéndose? la respuesta requiere bastante más que tecnología. Chile dispone de universidades, organismos públicos, empresas, estaciones GNSS permanentes, redes de monitoreo y profesionales altamente especializados. El desafío es conseguir que esas capacidades dialoguen entre sí y que el conocimiento científico pueda transformarse con mayor rapidez en soluciones utilizadas por el Estado y el sector productivo. Esa relación entre universidad, Estado y empresa resulta especialmente importante. Cuando una universidad desarrolla conocimiento, una institución pública aporta infraestructura y experiencia, y una empresa contribuye a transformar ese conocimiento en una solución operacional, la investigación deja de terminar solamente en una publicación científica. Se convierte en tecnología, productividad y capacidad instalada para el país. Chile tiene, además, condiciones excepcionales para desarrollar este conocimiento. Nuestra actividad sísmica y nuestra geografía representan enormes dificultades, pero también nos han obligado durante décadas a construir capacidades avanzadas en ingeniería, sismología, geodesia y observación de la Tierra; podemos convertir esa necesidad en una ventaja. En momentos en que discutimos cómo aumentar la productividad, atraer inversiones, modernizar nuestra infraestructura y adaptarnos al cambio climático, existe una infraestructura invisible que también debemos modernizar, la que nos permite saber con precisión dónde estamos y a qué altura estamos, incluso después de que el territorio haya cambiado. Porque en un país sísmico no basta con medir bien una vez, necesitamos sistemas capaces de medir, actualizar e integrar información a través del tiempo. Chile seguirá moviéndose. El desafío es que nuestra tecnología sea capaz de seguirle el ritmo.
Por Dr. Ing. Marcelo Caverlotti Silva; Director del Departamento de Ingeniería Geoespacial y Ambiental (DIGEA), Universidad de Santiago de Chile.