El 20 de septiembre concluyó en Rusia un proceso electoral que, más que abrir una etapa nueva, confirmó la continuidad de la que ya conocemos. Se trató de las elecciones legislativas para renovar la Duma Estatal, las primeras desde que Moscú iniciara la “Operación Militar Especial contra Ucrania en 2022, celebradas del 18 al 20 de septiembre, con el partido del presidente Vladimir Putin, Rusia Unida, dado por ganador prácticamente sin rivales de oposición reales.
Este resultado constituye un fuerte espaldarazo a la gestión del presidente Putin, saliendo fortalecido no solo ante el pueblo ruso, sino que también ante la comunidad internacional. Un resultado político muy oportuno en un año que no ha sido bueno para el Kremlin en un conflicto que no ha tenido importantes progresos, pero que, si ha llegado más cerca a la población civil, generando desgaste.
Asimismo, este resultado incrementa los temores de las naciones europeas respecto de los riesgos de una escalada en su frontera Este, la que ya se ha manifestado en la forma de acciones aisladas en el ámbito de la guerra híbrida.
Una guerra que ya no se libra solo en el frente
El mencionado desgaste tiene, hoy, un componente que hace apenas un año era marginal: la capacidad ucraniana de golpear en profundidad el corazón energético e industrial de Rusia. El símbolo de esta nueva fase es el misil de crucero FP-5 "Flamingo", de fabricación ucraniana, con un alcance declarado de unos 3.000 kilómetros y una ojiva de más de una tonelada. En la noche electoral del 20 de septiembre, coincidiendo justamente con el último día de votación, Ucrania lanzó el mayor ataque con drones jamás perpetrado contra Moscú, incendiando una importante refinería de petróleo en la capital y utilizando, por primera vez, un misil balístico ucraniano de reciente desarrollo.
Ese ataque no fue un hecho aislado sino parte de una campaña sistemática que, en base a desarrollo de armas con tecnología propia, ha permitido a Ucrania, atacar con éxito la industria petrolera y logística rusa, incluyendo, además de los mencionados misiles de crucero, el recién estrenado misil balístico “Pelican”. Refinerías en Volgogrado, Samara, Kremenchuk, Tuapse y ahora Moscú han sido alcanzadas reiteradamente a lo largo del año. Para una potencia cuya economía de guerra depende de las exportaciones de crudo refinado y de mantener abastecido a su propio frente, estas acciones impactan en el bolsillo del Kremlin como también, en el del pueblo ruso. El primero ve mermados sus ingresos, vitales para el sostenimiento de la guerra mientras que el segundo, que, según datos oficiales de la Agencia Federal de Estadística de Rusia (Rosstat), ha tenido un incrementado interanual de un 20%, haciendo palpables los efectos de la guerra a la población en Moscú.
El frente que se abrió en el cielo de la OTAN
Otra situación es la que se ha comenzado a vivir en el espacio aéreo europeo. La noche del 9 al 10 de septiembre, al menos 19 drones rusos penetraron el espacio aéreo polaco, obligando a intervenir a cazas polacos y neerlandeses, en el incidente más grave de este tipo desde el inicio de la guerra. Desde entonces se ha sucedido una cadena de episodios, un dron impactando un edificio en Rumanía, otro cerca del aeropuerto de Leipzig, drones ucranianos desviados sobre territorio báltico, un dron ruso golpeando un tren de pasajeros a apenas dos kilómetros de la frontera polaca, que ha llevado a la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, a advertir de una "campaña creciente de amenazas" y de guerra híbrida contra Europa.
Las aprehensiones europeas son que, esta sucesión incremental de eventos, sean la antesala de situaciones más complejas. Sin embargo, estas acciones no son sorpresa ya que Rusia ha empleado, durante años, tácticas de zona gris en el mar Báltico y el mar Negro, afectando de cables submarinos, empleándola llamada "flota fantasma" de petroleros sin bandera clara que elude las sanciones, o mediante el uso de buques de inteligencia como el que fue detectado operando drones en el Öresund frente a Suecia. En definitiva, Moscú ha aumentado la presión en la frontera Este europea, midiendo, en forma calculada, su capacidad y voluntad de respuesta.
¿Continuidad o inflexión?
La respuesta a la pregunta planteada en el título, sería entonces, que no hay nueva etapa, hay continuidad, pero una continuidad que ha mutado. El presidente Putin salió de estas elecciones con un control formal intacto y sin ninguna amenaza institucional a la vista, pero gobernando una economía de guerra cada vez más golpeada en su propio territorio y, por otra parte, con una Alianza Atlántica que, lejos de fracturarse ante la presión híbrida, parece estar cohesionándose en su flanco oriental. El conflicto no cambia de naturaleza tras los resultados electorales en Rusia, simplemente entra, con drones sobre Varsovia y misiles sobre Moscú, en una etapa del mayor riesgo e inestabilidad de lo vivido hasta la fecha.
Leonardo Quijarro S.
Profesor Residente Academia de Guerra Naval
Docente Investigador del Centro de Estudios Navales y Marítimos (CENAM)
Senior Fellow en Miami Strategic Intelligence Institute
Contraalmirante (R)