​Entre el amor y la razón: el equilibrio que desafía a las familias empresarias

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PIA BARTOLOME (3)

Cuando pensamos en una familia, pensamos en amor. Cuando pensamos en una empresa, pensamos en inteligencia. En un lado ubicamos el cariño, la protección y los vínculos; en el otro, la razón, la estrategia, los resultados y las decisiones difíciles. Como si existiera una frontera invisible entre ambos mundos. Sin embargo, hacer esa distinción y guiarse por ella puede llevar a tomar malas decisiones. Porque una familia también necesita inteligencia para amar bien y una empresa necesita amor para decidir bien. Ambas dimensiones son inseparables.


Esto se vuelve especialmente evidente cuando hablamos de dinero: patrimonio, regalos y remuneraciones. En este ámbito es fácil confundir amar con dar. Entregar lo mismo a todos puede ser una expresión legítima de cariño cuando hablamos de regalos y ciertas decisiones patrimoniales. Pero esa lógica no funciona cuando se trata de remuneraciones, porque las responsabilidades, capacidades y contribuciones de los integrantes de una familia no son necesariamente las mismas. Por eso, para amar también hay que poner una cuota de razón: es poner límites, exigir, corregir y reconocer las diferencias. Porque las familias no evalúan solo cifras: interpretan lo que esas cifras dicen sobre su lugar, su valor y su pertenencia dentro de la familia.


Esto también se hace evidente cuando hablamos de sucesión y de la preparación de la siguiente generación. Aquí, muchas veces, se confunde amor con protección. El desafío está en comprender que cuidar a quienes vienen no significa evitarles las dificultades, sino entregarles las herramientas para enfrentarlas. Un reciente estudio global de Deloitte sobre empresas familiares muestra que solo un 37% declara tener alta confianza en que la próxima generación esté preparada para asumir el liderazgo. Prepararla implica transmitir conocimientos, dar autonomía, asignar responsabilidades, transparentar criterios y generar espacios para que cada integrante desarrolle sus propias capacidades. Porque el amor, cuando no va acompañado de inteligencia, puede transformarse en sobreprotección o permisividad y terminar debilitando precisamente a quien se quería cuidar.


En el ámbito empresarial, la inteligencia también exige mirar más allá de la razón técnica. Puede parecer que basta con elegir al más competente, seguir las buenas prácticas, aplicar lo que “dice el libro”, orientarse a los resultados y tomar la decisión más lógica. Pero en una familia empresaria una decisión puede ser correcta desde lo técnico y, al mismo tiempo, tener consecuencias devastadoras sobre las personas y sus vínculos. 


Por ejemplo, una distribución patrimonial perfectamente estructurada y que responde a razones legítimas, si no ha sido precedida por un diálogo honesto, puede sentirse muy injusta y vivirse como exclusión. Lo mismo puede ocurrir al profesionalizar la empresa, incorporar o desvincular ejecutivos, o definir quién entra -o no- al directorio. Decisiones que pueden transformarse en una herida familiar si se gestionan solo con una lógica de negocios. La inteligencia, entonces, no consiste solo en tomar la decisión técnicamente correcta, sino también en comprender cómo esa decisión será vivida por quienes forman parte del sistema. En este contexto, las formas, la delicadeza, el tino, la paciencia son parte de la cuota de amor que hay que sumar a la razón.


Entonces, gobernar con amor no significa evitar decisiones difíciles, como tampoco gobernar con inteligencia implica ignorar sus efectos humanos. El amor necesita criterio para no convertirse en permisividad y la inteligencia necesita sensibilidad para no transformarse en frialdad. Una familia empresaria necesita ambos para establecer reglas, preparar a quienes vienen, tomar decisiones y, al mismo tiempo, preservar los vínculos que permitirán que aquello construido trascienda.


Al final, un legado no se sostiene solo por lo que una familia logra construir, sino también por la forma en que aprende a decidir, conversar y convivir. Trascender exige criterio para hacer lo necesario y sensibilidad para cuidar aquello que no puede reemplazarse: los vínculos. Y si lo que buscamos es construir algo capaz de perdurar entre generaciones, la pregunta es inevitable: ¿hasta dónde puede llegar un legado cuando el amor y la inteligencia toman caminos distintos? Porque el verdadero desafío no es solo llegar a la siguiente generación, sino llegar bien.


Pía Bartolomé, 

Gerente de Proyectos en Proteus



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