​El PAE: mucho más que una bandeja de comida

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Astrid Caichac

El Programa de Alimentación Escolar (PAE) cumplió 60 años y sigue siendo, para muchas familias chilenas, la comida más segura del día. Detrás de la sigla que casi todos asocian solo con JUNAEB hay una cifra que rara vez se dimensiona: cerca de 1,6 millones de estudiantes reciben una ración diaria, en un programa que moviliza más de 1.300 millones de dólares anuales. Pero JUNAEB no cocina; administra. Quienes sostienen el programa son miles de manipuladoras de alimentos que, en regiones apartadas, con caminos cortados por lluvias o escuelas sin luz, igual preparan el desayuno y el almuerzo, porque saben que para ese niño es, muchas veces, la única comida completa del día.


Ese trabajo invisible sostiene el verdadero valor del PAE: la seguridad alimentaria. Y aquí conviene hacerse la pregunta incómoda: ¿qué pasaría si no existiera? La evidencia es clara. En contextos de vulnerabilidad, la alimentación escolar puede representar una proporción muy relevante de la ingesta diaria de un niño, niña o adolescente. Sin el PAE, miles enfrentarían la jornada con hambre, menor concentración, más cansancio e irritabilidad, y una barrera adicional para aprender. La desnutrición que ayudó a erradicar desde 1964 volvería a instalarse, especialmente donde la vulnerabilidad es mayor y las alternativas escasean.


Ese impacto regional es, precisamente, lo que menos se discute desde Santiago. En zonas rurales y extremas, el PAE no es un beneficio complementario: es la principal política de protección social disponible para muchas familias. Las recientes emergencias climáticas —lluvias, inundaciones, cortes de conectividad— volvieron a demostrar esa función. El programa se ha adaptado, manteniendo el beneficio con modalidades alternativas cuando la entrega se interrumpe, y eso debería consolidarse como parte formal de la respuesta institucional ante catástrofes, no como improvisación de cada emergencia.


Celebrar sus 60 años, sin embargo, no puede significar dejarlo intacto. El Chile de 1964 luchaba contra la desnutrición; el de hoy enfrenta la paradoja inversa, con cifras de obesidad escolar entre las más altas del mundo. El programa que salvó una generación del hambre necesita reinventarse para un país donde el problema ya no es solo la falta de alimento, sino también su calidad, aceptación y consumo efectivo. Eso exige menús pertinentes y atractivos, fortalecer la educación alimentaria, mejorar la infraestructura y la experiencia de comensalidad, junto con un monitoreo y evaluación permanentes del programa.


La reformulación también debe seguir avanzando en un desafío que el PAE ya ha comenzado a abordar: la diversidad de necesidades alimentarias de sus estudiantes. Hoy existen modalidades diferenciadas para niños y niñas con enfermedad celíaca, alergias, intolerancias y otras condiciones específicas. Esto plantea un desafío relevante: una mayor inclusión puede requerir niveles de personalización y exigencias logísticas complejas de compatibilizar con un programa que prepara diariamente miles de raciones. Por eso, además de ampliar y revisar periódicamente estas adaptaciones, es necesario definir y socializar con claridad sus criterios y alcances, fortalecer la capacitación del personal manipulador de alimentos, prevenir la contaminación cruzada y otros riesgos, considerar la carga operativa que implica implementar estas adaptaciones y educar a las comunidades respecto de qué respuestas puede ofrecer, de manera segura y sostenible, un programa de alimentación colectiva.


A 60 años de su creación, el PAE sigue siendo una de las políticas sociales más relevantes del país, sostenida por miles de manos que la comunidad rara vez nombra. Reconocerlas, junto con actualizarlo a los desafíos nutricionales de hoy, es la mejor forma de asegurar que cumpla su promesa original: que ningún niño enfrente la sala de clases con hambre.


Astrid Caichac 

Directora de Nutrición y Dietética

Universidad Autónoma de Chile

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